El filósofo José Ortega y Gasset, en el epílogo de La rebelión de las masas, dejó una advertencia que parece una nota para nuestra ciudad: “Toda realidad que se ignora prepara su venganza”.
Ortega no hablaba de la ignorancia como falta de información, sino como una actitud, la decisión consciente de conocer una problemática y, aun así, elegir no actuar.
Bajo esta lógica, durante décadas, los gobiernos locales han preferido vivir en la coyuntura, atacar el síntoma, atender la urgencia y dejar de lado lo importante. Hemos aprendido a vivir en lo precario, a normalizar lo que debería doler. Mientras se reparten promesas y se inauguran obras, barrios enteros quedan fuera del radar, generaciones crecen en la periferia del desarrollo y la informalidad se convierte en un lugar común donde habitan miles.
Las laderas de Bucaramanga cuentan una historia que todos conocemos. Barrios improvisados nacieron como respuesta desesperada de quienes no tenían dónde vivir, algunos desplazados del conflicto y otros atraídos por un modelo económico que nunca cumple sus expectativas. Y aunque fueron construidos a la vista de todos, la ciudad decidió mirar hacia otro lado. Hoy estos asentamientos forman parte del mapa urbano, siguen sin servicios públicos, sin títulos, sin garantía de nada. Lo que se toleró como una emergencia se cimentó, ladrillo a ladrillo, como una perpetua desigualdad.
Algo similar ocurrió con el transporte. Nos echaron el cuento de que Metrolínea sería la solución al “desorden”, un desorden que recordamos con nostalgia. El sistema colapsó antes de convertirnos en Londres y tuvimos que comprar cientos de miles de motos para transportarnos. Nació el servicio de mototaxi, no por capricho, sino por necesidad. En muchos barrios es la única opción.
Aunque opera sin reglas, sin seguridad y sin derechos, funciona. Porque cuando mercado y Estado son insuficientes, la informalidad resuelve.

Y luego está el trabajo. O mejor, el rebusque. Tenemos desde hace años las mejores cifras de desocupación del país, lanzamos voladores cada vez que sale un reporte del DANE. Lo que no contamos es que la mitad de los trabajadores están en la informalidad, viven sin contrato, sin seguridad social, sin estabilidad. Cada día se la juegan, usan una creatividad forzada con la que mantienen a sus familias y demuestran que la ciudad no ofrece oportunidades para todos.
Ese triángulo —vivienda, transporte, empleo— es una forma de vida rutinaria para miles. Lo más doloroso es que nos hemos acostumbrado, pero lo que se ignora no desaparece, se convierte en deuda y regresa en forma caótica, con síntomas evidentes como la inseguridad. Quizá ya sea hora de dejar de mirar hacia otro lado, asumir nuestra realidad y construir, desde ella, la ciudad que queremos.










