Hay frases que nos definen como pueblo. Una de ellas, grabada en la letra del himno de Santander, habla de ese lugar simbólico “donde se trenzan tiples y amores”. No es metáfora gratuita: en las cuerdas del tiple se condensa buena parte de nuestra historia cultural, esa que con bambucos, pasillos y torbellinos nos recuerda que somos herederos de una tradición andina de Pacho Benavides, José A. Morales, Miguel Durán López y otros, una tradición que todavía respira.
Por eso fue motivo de esperanza ver cómo Bucaramanga celebró, en el marco de su feria, la segunda edición del Festival Nacional del Tiple, un encuentro que reunió en el Teatro Santander a varios de los mejores intérpretes de este instrumento. Allí, entre acordes que se mecían entre lo íntimo y lo épico, quedó claro que aunque el porcentaje de niños y jóvenes interesados en estudiar y ejecutar este instrumento sea pequeño, existe un semillero capaz de mantener viva la tradición con rigor y virtuosismo. El tiple no está condenado a ser pieza de museo, sigue siendo lenguaje vivo y vibrante en manos de nuevas generaciones.
Coincidió este festival con otro acontecimiento cultural de gran trascendencia: la primera exposición fotográfica en toda su carrera de la gran reportera gráfica Liliana Toro Adelsohn, caleña que construyó su vida profesional en Bogotá y que escogió a Bucaramanga para abrir su legado visual al público. No es poca cosa:
Toro ha retratado a grandes celebridades nacionales e internacionales, pero también ha fijado su lente en esas almas anónimas que cruzan las calles sin ser vistas, rescatando en sus rostros la poesía inadvertida de lo cotidiano. Que una mujer con esa trayectoria haya elegido a nuestra ciudad para mostrar su obra es un regalo que deberíamos recibir con gratitud y orgullo. Pueden verla en la Alianza Francesa.
Estos dos hechos, tan distintos y a la vez tan complementarios, nos recuerdan una verdad fundamental: los santandereanos —y en especial los bumangueses— no podemos olvidar nuestras raíces ni desaprovechar las oportunidades que tenemos de empaparnos de cultura, tanto de la nuestra como de la que nos visita. Muchas de estas experiencias son gratuitas, pero no por eso carecen de valor. Al contrario, constituyen un privilegio inmenso para quienes aceptamos sumergirnos en su goce estético y en su capacidad de transformarnos.
Allí, entre tiples y retratos, entre pasillos y miradas capturadas, se nos revela que el alma de una región no se mide únicamente en indicadores económicos, sino en su capacidad para celebrar y preservar lo que la hace única. Bucaramanga, en esta feria, nos recordó que aún tenemos la posibilidad de tejer un futuro donde los amores y la cultura sigan trenzándose como acordes que nunca se apagan.












