En su libro Por qué fracasan los países: los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, los recientes ganadores del Premio Nobel de Economía, Simon Johnson, Daron Acemoglu y James Robinson, argumentan que las principales causas de la pobreza y el subdesarrollo no se deben a la geografía, la cultura o la falta de conocimiento. El éxito de los países está determinado por instituciones políticas y económicas fuertes que permiten crear un entorno de confianza, fomentando la inversión, la innovación y el emprendimiento.
Por el contrario, su fracaso está ligado a la inestabilidad institucional que debilita la confianza de los ciudadanos, genera polarización, conflictos sociales, violencia y estancamiento económico.
Bajo la perspectiva de que las instituciones son el bastión del desarrollo socioeconómico de un país o ciudad, es posible comprender que problemas como la inseguridad, la intolerancia, la informalidad, la ausencia de planeación territorial metropolitana, así como los altos índices en el costo de vida y el caos de la movilidad, tienen su origen en la inestabilidad institucional y política que, durante más de diez años, ha padecido la otrora “Ciudad Bonita”.
En Bucaramanga, solo dos de los últimos cinco alcaldes lograron ejercer en su totalidad el período de mandato - algunos con sendos escándalos de corrupción -, lo cual deja a la deriva a una ciudadanía que vive en constante contienda electoral, con una visión de futuro incierta y carente de un proyecto de ciudad a mediano y largo plazo.
Para los renombrados economistas, las instituciones que distribuyen el poder de manera amplia, promueven el cumplimiento de la ley y el orden, generan un entorno predecible para operar y permiten que una gran parte de la población participe en las decisiones de la ciudad y en la economía, promueven la innovación y el crecimiento sostenible, reduciendo el riesgo y la incertidumbre para los individuos y las empresas. En cambio, si las reglas del juego del poder no son estables, la planificación se vuelve imposible, lo que compromete la prosperidad de la ciudad.
Así las cosas, con ocasión de las elecciones atípicas que se avecinan en Bucaramanga, es inevitable un ejercicio de contrición ciudadana, reconociendo que no vamos bien debido a un proceso de deterioro institucional que se ha presentado a través de los años, sin liderazgos claros ni sostenibles en la toma de decisiones y la ejecución de políticas públicas. No es el momento de soluciones mágicas, mesías y caudillos que prometen y dividen. Es necesaria la autocrítica y, como sociedad, recuperar la institucionalidad en la ciudad para retomar el rumbo que, al día de hoy se ha perdido.










