He tomado la decisión de aceptar la invitación de un candidato presidencial cuyo nombre aún no puedo revelar, para integrarme a su equipo de estrategia narrativa. No ha sido una decisión improvisada. Durante meses he reflexionado sobre el sentido del humor político, sobre su utilidad real en un país que necesita menos ironía y más confianza en quienes, con todas sus fuerzas, intentan enderezar el rumbo de una sociedad torcida, culpable de la nula rectitud de quienes la han gobernado.
Agradezco a quienes me han acompañado durante estos años. Es momento de sincerarme: no seré yo más quien se atreva a plantear interrogantes sobre la contemporaneidad en la que vivimos. Comprendí que el cuestionamiento permanente no construye, que la rebeldía no alimenta y que la duda, lejos de fortalecer, debilita. He aprendido que lo responsable es promover la identificación con la actualidad en la que se está, ajustarnos a ella, agradecer por lo que recibimos y no al revés.
Esta oportunidad laboral me ha permitido ver las cosas con otra luz. Hoy soy consciente de que los que informamos debemos estar siempre del lado correcto, es decir, el dirigente. No sé en qué estaba pensando antes, y pido excusas si alguna de mis caricaturas o escritos incomodaron a ciudadanos fieles o a dirigentes honestos que solo buscan, desde su enorme responsabilidad, la estabilidad. Admito que mis exageraciones pudieron distorsionar un paisaje que debía preservarse: el de la esperanza. O el del miedo, si es el que lleva a votar lo que conviene; al fin y al cabo, es el paisaje a preservar.
Ha llegado el grupo de líderes que debo respaldar, el grupo de líderes que —por primera vez en la historia— no nos defraudarán. Y hablo por ustedes también. Creo profundamente en sus intenciones y los acompañaré con entereza y dignidad en la tarea de amplificar lo bueno y, cuando la situación lo requiera, ocultar lo necesario en su justa proporción. Será mi lápiz una extensión de su discurso, una herramienta de equilibrio y armonía. Y eso, sinceramente, me emociona.
Nada de esto habría sido posible sin las manifestaciones de apoyo que recibí durante los últimos meses y que me animaron a iniciar este nuevo ciclo. Agradezco cada mensaje, cada crítica constructiva que me ayudó a caer en razón y a comprender que la independencia, aunque noble, no es rentable ni para la causa ni para la casa.
Gracias por apoyarme en este camino, por entenderme, por perdonarme las veces que los incomodé, y sobre todo, gracias por no creer nada de esto que acabo de escribir.
Atentamente,
Diego Fernando.
P. D.: El 14 de diciembre será un día especial. Más allá de ser el natalicio de mi señora madre, coincidirán la final del fútbol colombiano, la segunda estrella del Leopardo, las elecciones atípicas en Bucaramanga y la violación colectiva más aberrante que jamás se le haya hecho a una ley seca.











