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Domingo 12 de julio de 2026 - 01:00 AM

No confundamos el viento con el motor

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Que Jaime Andrés Beltrán llegue al Ministerio de Vivienda es una buena noticia, que Abelardo de la Espriella encabece un modelo de país que cree en el sector productivo como motor del desarrollo también lo es. Este es el gobierno que Santander votó, el que defendió, el que resistió cuatro años de olvido institucional sin doblar la rodilla. La deuda política existe, y De la Espriella lo sabe.

Pero precisamente porque lo sabe, hay que decirlo claro antes de que caigamos en el mismo error histórico: Santander no puede convertirse en el departamento que espera que Abelardo y Jaime Andrés lo resuelvan todo.

Hay una tentación comprensible pero peligrosa en creer que ahora, con aliados en el poder, el gobierno nacional va a llegar a saldar cada deuda, a remendar cada hueco, a financiar cada proyecto atrasado. Eso no es gobernar, eso es montarse en una quimera difícil de superar.

Los alcaldes de este departamento tienen una responsabilidad que no se transfiere a la presidencia ni a ningún ministerio: invertir los recursos con planificación, resolver las necesidades con el presupuesto disponible, implementar fuentes de financiación propias y alianzas público-privadas, haciéndolo de manera eficaz y transparente. Esto no depende del presidente ni de ningún ministro. Lo debe hacer el alcalde de Vélez, el de Málaga, el de Barrancabermeja, el de Bucaramanga. Lo hace quien ganó una elección local y asumió un mandato que no consiste en esperar instrucciones desde la capital, sino en gobernar el territorio que le fue confiado, claramente definido en los planes de desarrollo que hoy muchos no han cumplido a solo 15 meses de finalizar sus mandatos.

¿Qué tiene cada municipio de Santander para mostrarle al nuevo gobierno cuando llegue? Porque para radicar un proyecto ante el gobierno central, las obras deben tener diseños en fase 3, estudios y diseños definitivos. Sin ese requisito, no hay gestión posible, solo intención. Los recursos propios existen, las transferencias del Sistema General de participaciones llegan y las regalías están. El problema no siempre es la escasez; a veces es la ausencia de planificación, de ejecución, de visión. No le carguemos al gobierno nacional lo que debimos resolver hace años.

Barranquilla lo demostró sin necesitar un presidente aliado. Construyó ciudad con rigor presupuestal, con proyectos estructurados, con una apuesta de largo plazo que no dependía del color político de la Casa de Nariño. No esperó. Ejecutó. Y hoy nadie discute que es una ciudad transformada. Esa es la lección que Santander debería haberse aprendido de memoria y que aún no termina de interiorizar.

El atraso histórico de muchas regiones colombianas tiene una causa estructural que nos incomoda reconocer: la dependencia crónica del gobierno central. Siempre esperando la transferencia, el proyecto grande, la visita ministerial, el decreto salvador. Y mientras esperamos, el presupuesto propio se ejecuta a medias, los Planes de Ordenamiento Territorial se desactualizan y los alcaldes gobiernan con los ojos puestos en Bogotá en lugar de tenerlos sobre sus propios territorios.

Las necesidades del país son enormes. El nuevo gobierno recibe un déficit fiscal de 106 billones de pesos, una deuda pública del 58,9% del PIB y una inversión privada en el nivel más bajo de los últimos veinte años.

Santander puede y debe pedirle tres cosas concretas al nuevo gobierno. Máximo tres. De esta lista de diez prioridades regionales, la dirigencia política, empresarial y social del departamento tiene la tarea de definir cuáles son: vías Bucaramanga-Pamplona; terceros carriles, variantes de San Gil y Socorro y tramos en doble calzada en el corredor Bucaramanga-Barbosa; vía Yuma; obras de encauzamiento del río Magdalena; corredor La Virgen-La Cemento; transversales Curós-Málaga, San Gil-Charalá-Duitama y del Carare; Sistema de Transporte Masivo; PTAR río de Oro y San Silvestre; tramo férreo del corredor central con el río; y pilotos de YNC. Prioridades reales, negociadas con argumento técnico y peso político, no listas de mercado que diluyen la gestión. El resto depende de nosotros. Entendámoslo para no llevarnos desilusiones en cuatro años.

Bienvenido el viento a favor. Pero que nadie confunda el viento con el motor.

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