Cada vez que voy a Barranquilla o a Santa Marta afloran los recuerdos de unas épocas hermosas al lado de los abuelos, los bisabuelos, tíos y primos con los cuales pude compartir una infancia y adolescencia bastante agradables e inolvidables. Con el abuelo Sixto todo era deporte y por supuesto levantarse muy temprano de la cama; a decir verdad, mi hermano, mi primo Rudy y yo, nunca supimos lo que era dormir hasta las 8 de la mañana. Un domingo de 1975 mi abuelo materno Sixto Díazgranados me despertó a las 5:30 de la madrugada y dijo: “Ipe levántate porque nos vamos para Santa Marta; apúrate que tengo que recoger a Alberto Mario”.
El abuelo se refería al gran Alberto Mario Pumarejo, quien fue gerente de El Heraldo, alcalde de Barranquilla, directivo del Junior al lado de mi abuelo; también golfista y partner del viejo Sixto. Se querían como hermanos y eso que el papá de mi mamá le llevaba como 15 años de ventaja. Mi abuelo aceleró su vehículo; luego de recorrer los 104 kilómetros entre Barranquilla y Santa Marta, no sin antes parar en Ciénaga para desayunar unas arepas de huevo, llegamos al Rodadero. Era día de clásico, ¡de clásico costeño! Se sentía en el ambiente, en cada esquina la gente hablaba del encuentro en el Eduardo Santos. Esos partidos se preparaban de manera seria. “Cuando yo sabía que íbamos a jugar contra el Junior, no joda yo afilaba esos hijueputas guayos porque la botinera era brava”, me confesó hace un par de años Pablo Huguet, un recio y diminuto defensor samario de los 60’s y 70’s, quien además salió campeón con el Unión Magdalena en 1968.
A las 11 y 30 recorrimos el Cerro del Ziruma y al llegar a la ciudad de Bastidas fuimos a almorzar con los directivos del onceno bananero encabezados por Eduardo Dávila Riascos, padre del actual propietario del cuadro samario, Eduardo Dávila Armenta. Nada que ver el padre con el hijo. Don Eduardo era un señor; el otro, convirtió su herencia que era un verdadero ‘ciclón’, en un abanico. En horas de la tarde asistimos al clásico y vimos de un lado a Eduardo Ucha, al ‘Banana’ Carra, al ‘Mene’ Segrera, al ‘Indio’ Del Risco, a Luis Montúfar, a Justo Palacios, entre otros. De solo mencionarlos me duelen los tobillos. Esos tipos daban suela sin cuartel; era como meterse en una playa llena de erizos de mar y mantarrayas. El Junior tenía a Delménico, a ‘Ringo’ Amaya, al ‘Boricua’ Zárate, a Comesaña y a un monstruo llamado Víctor Ephanor.
Hace unos meses, el doctor Peláez entrevistó en su programa de La W a un jugador samario de esa época y le dijo: “yo vi a un Unión Magdalena que tenía diez samarios y un argentino, que era Omar Galván y todos daban, eso era impresionante”. En la bahía más linda de América nadie olvida al maestro Alfredo Arango, a toda la dinastía Valderrama encabezados por ‘El Pibe’ y por Didi. No se puede dejar de lado a ‘Chimilongo’ Robles, a Eduardo Retat, a Oscar Bolaño, a Lennis Faillace, al ‘Memín’ Granados, a Eduardo Vilarete; no alcanza este espacio editorial para mencionar a cientos de jugadores que brotaron de Pescaíto y Taganga, de la cancha de La Castellana, el verdadero templo del balompié samario. En la ciudad más antigua de Colombia, el fútbol pasó a un tercer plano; al estadio Eduardo Santos lo convirtieron en un parqueadero de la Policía Nacional y por fortuna permanece la estatua de Carlos Valderrama. El Unión juega en el frío escenario del Sierra Nevada; su cálida afición lo apoya cuando sube, cuando baja y mientras Dávila Armenta esté ahí, el onceno samario seguirá transitando por la Tierra del Olvido. Se acabó el ‘Ciclón Bananero’; ahora es una tenue brisa que no despeluca a nadie. Santa Marta no tiene tren, ni tranvía, mucho menos un equipo de fútbol que los represente. Hasta la próxima.










