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Sábado 25 de octubre de 2025 - 01:00 AM

El futuro no se construye en cuatro años

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Durante más de un siglo, China fue un territorio fragmentado y humillado por potencias extranjeras. Las guerras del Opio, las concesiones coloniales y la invasión japonesa dejaron una nación debilitada y sin rumbo. Ese periodo, conocido como “el siglo de la humillación”, marcó el punto más bajo de su historia.

Aunque parecía que no había salida, de aquella oscuridad surgió una de las transformaciones más notables de la era moderna. Con las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping, el país entendió que el progreso no se construye desde el resentimiento, sino desde la planificación, la disciplina y la visión a largo plazo. Hoy, tras décadas de esfuerzo se perfila como la gran potencia del siglo XXI, demostrando que incluso una nación humillada puede reinventarse cuando piensa y trabaja estratégicamente.

Lo más admirable no es solo su crecimiento económico, sino la manera en que lo ha conseguido. Mientras gran parte del mundo se deja llevar por los ciclos electorales y los vaivenes políticos, China piensa en décadas y avanza con un propósito definido. Su meta hacia 2049, fecha del centenario de la fundación de la República Popular es alcanzar un “gran rejuvenecimiento nacional”: consolidar un país próspero, fuerte e influyente a nivel global.

Esa cultura de planificación, que en China se refleja en resultados tangibles y duraderos, contrasta con la realidad de Colombia y de nuestra región. Aquí, cada cuatro años el cambio de gobierno significa volver a empezar: cada administración impone su propio plan, interrumpe el anterior y ajusta los presupuestos. Así se van los años entre diagnósticos, promesas y proyectos que pocas veces se concretan. Y cuando alguno comienza a dar frutos, se repite el ciclo. Es una dinámica que no solo retrasa el progreso, sino que desperdicia recursos, talento y oportunidades.

Mientras en el país asiático comprendieron que solo la disciplina y la planificación conducen a resultados distintos, aquí continúan en disputas por el mérito de una obra o un proyecto. Persiste la lógica de la inmediatez, una visión tan corta que frena el desarrollo, debilita la competitividad y erosiona la confianza ciudadana.

China, no es un modelo perfecto. Enfrenta grandes desafíos económicos, sociales y ambientales. Pero sí es una buena referencia de lo que puede lograr un país cuando actúa con propósito y constancia. Mientras ellos construyen rascacielos en semanas, usan la inteligencia artificial para administrar ciudades y alinean sus avances con una estrategia nacional, aquí priman los egos y debates.

Esa diferencia de enfoque debería servirnos como espejo. Para Colombia, para Santander, es momento de preguntarnos: ¿qué tan lejos estamos pensando cuando diseñamos nuestros proyectos? ¿Qué tan dispuestos estamos a que el esfuerzo de hoy no se borre con el próximo cambio de gobierno? De esas respuestas dependerá si finalmente avanzamos hacia el futuro o continuamos viéndolo pasar desde la orilla.

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