El domingo, en Colombia, se realizaron las segundas elecciones de los Consejos de Juventud municipales y locales, establecidos por la Ley como mecanismo de participación para que los jóvenes puedan concertar con las administraciones territoriales políticas públicas, planes y programas que los incluyan, promuevan soluciones y ejerzan la vigilancia y control de la gestión pública.
Aunque en estas elecciones hubo un ligero incrementó en la participación de los jóvenes, los partidos y listas independientes recibieron menos apoyos en términos porcentuales. Solo crecieron las listas de los procesos organizativos (grupos étnicos, ONG y LGTBIQ) que pasaron de un 14% al 18%. No obstante, del millón quinientos mil votos, los más votados fueron los partidos: Liberal, Conservador, Centro Democrático, Cambio Radical, Alianza Verde, con un decepcionante noveno lugar de Colombia Humana, que solo obtuvo 23.707 votos.
Sin embargo, los Consejos de Juventud, que fueron creados en el 2013, solo se conformaron en 2021 y eso por la presión de los estallidos sociales de 2019 y 2021 y como mecanismo para canalizar su voz en las esferas administrativas, frente al derecho exigido en las protestas callejeras.
Llegaron con grandes expectativas y la frustración fue evidente, dado que chocaron con la realidad y muchos ni se posesionaron por diversas razones, como la falta de formación política, la poca atención institucional, la escasez de presupuesto y herramientas tecnológicas para desempeñar su función y sin dineros para administrar.
Además, tal como lo han manifestado muchos jóvenes consejeros, entre ellos William Molina de Santander “El presidente nunca nos quiso atender”, dado que él prefiere a los jóvenes en las marchas y no en los consejos. De ahí que se sintieron abandonados por parte del gobierno nacional, y eso que ellos contribuyeron notoriamente en su elección; incluso algunos fueron objeto de amenazas.
Nadie discute su importancia si con ellos se busca poner a la juventud en el centro de la democracia al forjar nuevos actores sociales con responsabilidad y honestidad, elegidos con equidad de género, democracia interna y con capacidad de cambiar este sistema político corrupto. Desafortunadamente es visible su manipulación por los partidos políticos, en especial por los clanes locales que buscan por medio de ellos reproducir el clientelismo para afianzar el poder electoral y lograr desocupar el fisco. De ahí el poco respaldo electoral y mediático.
En consecuencia, si aspiramos a transformar la democracia y erradicar la corrupción rampante, es urgente institucionalizar la formación política de los jóvenes. Esto les permitirá distinguir lo real de la fantasía; priorizar la verdad sobre las falsas noticias; convertirse en efectivos voceros de la exigencia del desarrollo y no en marionetas de amplificación del odio, de taponamiento de vías y destrucción del país, fenómenos que tanto preocupan al país.










