—Declaro abierta la audiencia contra los menores Ruperto, de cinco años, y Nela, de cuatro. —anunció el juez golpeando una piedra pulida sobre la mesa—. Se les acusa de los delitos de desobediencia civil y consumo de alucinógenos. Enfrentan penas de hasta setenta y dos años de prisión o, en caso extremo, asfixia pública.
Un silencio espeso recorrió la sala. Las madres presentes bajaron la mirada, los reporteros acomodaron sus cámaras. Un periodista, desde el fondo, murmuró que nunca había visto procesar a niños tan pequeños por “seguridad nacional”.
—Como bien es sabido —dijo el juez—, ningún ciudadano puede abandonar el perímetro asignado ni cruzar la línea prohibida y mucho menos, para consumir alucinógenos. La ley es clara: quien lo haga pone en riesgo la integridad de la comunidad. La patria —agregó— se defiende desde el orden.

Los acusados temblaban. Nela trataba de disimular su miedo mirando el suelo; Ruperto, inquieto, no dejaba de mover los ojos de un lado a otro. Eran solo amigos de juegos, Ruperto había sabido esconder sus intenciones con Nela, que empezaba a gustarle más de la cuenta. Eran, ante todo, chicuelos curiosos y tercos como cualquier par de niños que no entienden los límites ni las fronteras que dibujan los adultos.
—Ruperto y Nela —Habló el juez—. ¿Se declaran culpables o inocentes?
—Inocentes, su señolía —respondieron con voces pequeñas, casi un susurro.
—Entonces cuéntenle a esta corte lo que sucedió.
Ruperto respiró hondo y comenzó:
—Nosotros solo queríamos ver la nieve del cielo, su señolía. Esa que dicen que cae de las alturas de vez en cuando… Teníamos curiosidad, y bueno… confieso que iba solo a probar un poquito no más. Vimos una nave que pasaba muy rápido, dejando una estela blanca arriba. La seguimos porque brillaba bonito. No sabíamos que estábamos tan cerca del borde, ese borde del que todos hablan y que no se puede cruzar. No sabíamos que eso era delito. —
—¿Y qué pasó entonces? —preguntó el juez, inclinándose hacia adelante.
—Íbamos a toda velocidad, mirando hacia arriba, y de repente, faltan aún bastante para la línea prohibida. … ¡Trácale! —Chocamos estrepitosamente —¿Contra qué? —exclamó el juez.
—Contra Perica.
El juez se incorporó de golpe.
—¿¡Contra Perica!? ¿Qué? Pero si Perica está muerta —exclamó con dramatismo—. ¿Van a burlarse de este tribunal también?
Nela alzó la voz, temblando:
—No, su señolía. No mentimos. Perica está viva. Es más, es nuestro testigo.
El público se agitó. Un rumor de burbujas, susurros y risas nerviosas llenó la sala.
Y entonces, para sorpresa de todos, se abrió la puerta del fondo.
Era Perica, Avanzó tambaleante pero caminando rápido, cubierta de algas secas y polvo blanco.
Y ya será el otro domingo que les cuente cómo continua esta historia de este tensionante juicio. Guarden este periódico y nos vemos aquí mismo el primero de noviembre..










