La vida del goleador argentino Omar Lorenzo Devani parece un tango compuesto por Juan de Dios Filiberto; el delantero nació en Monte Maíz, una hermosa población ubicada en el sudeste de la provincia de Córdoba. Cuando tenía siete años, llegó al gran Buenos Aires con sus padres y sus hermanos; ingresó al Club Vélez Sarsfield y en Liniers recorre todas las categorías desde la novena hasta la tercera. Jugó muy pocos partidos en primera categoría con la camiseta de los ‘fortineros’ y se fue para Deportivo Morón; en los primeros años de la década del 60 aterrizó en Colombia para vestir la casaca del Atlético Bucaramanga. Lo trajo el uruguayo Abraham González quien por aquellos años era el técnico del equipo canario.
Con el Atlético convirtió la friolera de 36 goles, destacándose como el máximo artillero del torneo y, al año siguiente mientras promediaba el campeonato, se marchó para el Unión Magdalena, equipo con el que anotó 24 goles; le aparece esa temporada 28 tantos, porque los otros cuatro los hizo con la camiseta del Bucaramanga. En 1966 llegó al Santa Fe y gracias a su frecuencia goleadora, el cuadro cardenal salió campeón mientras que Omar Lorenzo se volvía a consagrar como el botín de oro del fútbol colombiano. Se divirtió de lo lindo haciendo goles al lado de Alfonso Cañón y tal como me lo dijo Hernán Peláez: “era un nueve clásico y un consentido del doctor Ochoa”.
Un domingo Omar Lorenzo llegó al Campín y observó a un niño que lloraba en la puerta porque no lo dejaban ingresar al estadio para conocer a los jugadores; Devani vio la escena, se fue hasta donde se encontraba el niño, lo tomó de su mano y lo invitó a conocer a todo el plantel. El chico se fue feliz; Devani se marchó tiempo después para el Once Caldas y luego al Medellín; el papá de Carlos Vives lo llevó de nuevo al Unión Magdalena en donde se retiró muy joven, cuando tenía 30 años producto de una lesión de rodilla, no sin antes anotar más de 200 goles. En 2012, Santa Fe jugaba la final del fútbol colombiano ante el Deportivo Pasto. Omar recibió una llamada en su casa de Núñez y al otro lado de la línea un personaje le dijo que alistara su pasaporte porque sería invitado de honor por parte de la junta directiva del cuadro cardenal; Devani aceptó emocionado y cuando preguntó con quién hablaba, una voz entrecortada le respondió: “soy Santiago Leyva, el niño que usted entró al camerino en 1966”.
Antes de retirarse del balompié, Omar conoció en Cúcuta a una bellísima cantante de tango: Alicia Gurrie. La rubia lo hipnotizó; el goleador la invitó a ir a Santa Marta y desde 1969 no se separaron más; el pasado 4 de agosto cuando ella partió, el goleador recordó las palabras de la mujer con la que montó la Casa del Tango en toda la séptima con 60 en Bogotá: “amor, prométeme que tan pronto yo me muera, vas a volver a donde fuimos felices”. Gracias a un estupendo ser humano como Leo Pedraza, quien también ejerce el periodismo deportivo, pude hablar un largo rato con Devani; me narró lo emocionado que estaba cuando le rindieron un homenaje muy bonito junto a Alfonso Cañón, antes del clásico ante Millonarios. Preguntó por Montanini y por Janiot; no sabía que ya se habían marchado. Llora mucho, se conmueve por todo; le dejó a Santa Fe su placa como goleador en 1966. Las otras dos las tiene Leo Pedraza, porque ni Dávila ni Óscar Álvarez Junior, le pararon bolas. El Atlético se puede jactar de haber tenido tres botines de oro en su historia: Montanini, Devani y ‘el Negro’ González. No me quiero imaginar al ‘Polaco’ Goyeneche cantando un tango para estos tres genios, acompañado por la voz de Alicia, el amor de un goleador llamado Devani.











