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Domingo 02 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

EL JUICIO. PARTE II

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La semana pasada quedamos en que Perica había entrado a la sala como testigo en el juicio de los niños Ruperto y Nela.. Continuemos.

Era Perica. Avanzó tambaleante pero rápida hacia el estrado. Cada paso era un golpe seco sobre el suelo mojado. De las cuatro patas solo le quedaban tres, y traía las pupilas más dilatadas que muchas sentencias en esa corte.

Perica acomodó el micrófono. El público la miraba estupefacto: todos la creían muerta.

—Su señoría —dijo ronca—, doy fe de que esos niños no cruzaron la frontera. Yo estuve con ellos, y juro por la ballena santísima que no les di nieve. Mucho menos cruzaron hacia aguas internacionales. Ni un delito ni el otro.

Un murmullo recorrió la sala.

—Es cierto que tengo una adicción a la nieve que cae de las alturas —prosiguió—, pero no soy mala, su señoría. Soy una tortuga decente.

Los asistentes se persignaron.

—Ese día vi a los muchachos curiosos, con ganas de vivir. Los quise llevar a conocer la línea, allá es donde más cae. Pensé que ese día caería… solo querían probar un poquito, un tris —sorbió la nariz—, un poquito no más.

—¡Pero son niños! —gritó alguien.

—¡Animal! —vociferó otro.

—Lo sé —dijo ella—, y pido perdón, aunque no es delito tipificado. Pero hablemos de lo que nos convoca.

El juez langosta golpeó la piedra sobre la mesa.

—¿Entonces por qué carajos sucedió lo que sucedió?

—Déjeme hablar, su señoría. Estábamos esperando a ver si caía algo de la estela que viajaba sobre nosotros, y de repente… ¡Pluuuum! —relató—. Sentimos una explosión. No cayó nieve. Cayeron brazos, manos, piernas, cabezas. ¡Era el apocalipsis! Dirán que estábamos drogados, pero no. El agua se volvió roja. Solo quería que los niños probaran un poquito de nieve.

—Condénenme a mí. Ellos son inocentes.

El juez vaciló. Nela se adelantó con un objeto brillante entre las aletas.

—Mire esta lata de misil, su señoría. Esto prueba que decimos la verdad. Lo que cayó del cielo fueron personas y esto. Ruperto y yo estamos limpios. ¡Deben creernos!

El juez examinó la pieza. En letras diminutas se leía: U.S.A. Army.

—Su estupidez no es culpa suya —dijo con falsa piedad—. Son apenas unos niños… pero brutos. Este residuo advierte que es del Ejército del Norte. Si lo tienen, es porque fueron hasta allá. No hay otra explicación.

Golpeó la piedra tres veces.

—Tenemos tratados con los del Norte: nosotros no nos metemos allá y ellos jamás cruzarían hacia nuestro.

—¡Ellos cruzaron a este lado, nosotros no alcanzamos siquiera a llegar a la frontera! Gritaban los niños.

Los pececillos temblaron.

—¡Tienen que creerles! —gritaba Perica mientras el pulpo de seguridad la sujetaba—. ¡Condéneme a mí! Ellos ni cruzaron ni consumieron.

Pero era inútil. El juez bajó bandera y sentenció:

Ese día sería recordado como el día en que dos niños y una tortuga adicta intentaron minar, sin suerte, el buen nombre de los aliados del Norte.

Ruperto y Nela fueron condenados a muerte por asfixia en cámara de aire.

Perica, a morir en superficie, con las tres patas arriba, hasta que el sol le marchitara.

El mar guardó silencio. Había caído justicia para los de abajo, los de las profundidades.

Que en pez descansen los rebeldes…y los mentirosos…

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