Este 8 de noviembre se celebra el Día Mundial del Urbanismo, fecha que debería servir para preguntarnos con franqueza: ¿estamos construyendo ciudades para vivirlas o simplemente para sobrevivir en ellas?
En América Latina, nuestras urbes crecieron al vaivén del impulso migratorio. Miles de personas se han desplazado buscando mejores oportunidades laborales, educativas y de servicios. Sin embargo, el sueño urbano pronto se transforma en rutina caótica, en la lucha diaria por ganarle minutos al tráfico, por encontrar aire entre los edificios. Justificamos nuestra permanencia en las ciudades grandes porque “aquí hay de todo”, incluso si ese “todo” lo usamos una vez cada tres años...
La concentración del poder público ha profundizado este fenómeno. En Colombia, como en muchos otros países latinoamericanos, la centralización administrativa y económica empuja a millones hacia las capitales. Pero ejemplos como el de Brasil deberían hacernos reflexionar: en la década de 1960, el traslado de la capital de Río de Janeiro a Brasilia no solo buscó descentralizar el poder, sino también reimaginar el equilibrio territorial.
Hoy, las tendencias urbanas del mundo apuntan hacia otro paradigma: las “ciudades de 5 minutos”. Este concepto, más que una moda, es una invitación al sentido común: que cada persona pueda acceder en un radio de cinco minutos a sus necesidades básicas —trabajo, educación, comercio, salud, zonas verdes— sin depender del automóvil. No se trata solo de comodidad; es una cuestión ambiental.
Por eso, pensar en la densificación del suelo —más viviendas en menos espacio— puede tener sentido si se hace con criterio. Pero en Colombia la densificación muchas veces ha sido sinónimo de hacinamiento. Los proyectos de VIS, por ejemplo, levantan torres que parecen colmenas humanas donde el diseño, la luz y la ventilación natural se sacrifican en nombre de la rentabilidad. No hay urbanismo digno cuando las personas viven comprimidas en espacios donde no circulan ni el aire ni la dignidad...
Las llamadas “ciudades inteligentes” tampoco lo son por tener sensores, cámaras o semáforos que “piensan”. Una ciudad es verdaderamente inteligente cuando pone el bienestar humano en el centro de sus decisiones: cuando prioriza al peatón, promueve la movilidad sostenible, cuida el agua, respeta la naturaleza y planifica con empatía.
En Colombia no tenemos ciudades, tenemos “pueblitos enormes”. Crecieron sin plan, improvisando ante la naturaleza que fue vista como obstáculo a destruir. Secamos humedales, talamos bosques y levantamos avenidas sobre terrenos que alguna vez fueron respiraderos naturales.
El Día Mundial del Urbanismo debería recordarnos que no se trata solo de construir más, sino de construir mejor. No basta con tener ciudades grandes si no son humanas. Porque las ciudades que sobreviven no son las que más crecen, sino las que mejor entienden a quienes las habitan.










