El fin de semana pasado, un taxista en estado de embriaguez atropelló a once personas. Entre las víctimas había un bebé de apenas cuatro meses y tres menores de siete, doce y quince años. Dos de ellos sufrieron trauma craneoencefálico severo y trauma abdominal, lo que les causó muerte cerebral. (Según los medios de comunicación).
Sin duda una escena insoportable. Otra tragedia que sacude, duele y que lamentablemente se repite.
“Beber” se volvió un acto cotidiano, cultural. Tomamos para celebrar, pero también para olvidar, tomamos para dormir, para no pensar, para silenciar lo que duele. Lo que pocos reconocen es que detrás de muchos excesos no hay alegría, sino vacío, porque recordemos que detrás de toda adicción siempre hay un vacío.
El trago se ha convertido en una anestesia emocional: nos desconecta del sufrimiento, de la frustración, del cansancio de una vida que a veces sentimos demasiado pesada. Nos da la ilusión de “felicidad” pero en realidad solo adormece lo que necesita ser mirado y probablemente sanado.
Hoy no hablo solo desde la teoría, sino desde la experiencia. Yo también supe lo que era buscar alivio en una copa. Creí que el alcohol me daba descanso, libertad, compañía, alegría y por años pensé que podía controlarlo, y es que esa es la frase de muchos que no quieren aceptar que tienen un problema con el alcohol: “yo lo puedo controlar”, hasta que entendí que era él quien me controlaba a mí. Detrás de cada trago había un vacío que no quería mirar, un dolor que no quería aceptar y una tristeza que no lograba identificar. Hasta que un día tuve los pantalones de hacerlo: de enfrentar mis miedos, mis duelos, mis traumas, pero sobretodo mis heridas. Y fu ahí donde comenzó mi verdadera sobriedad: la del alma.
Desde la salud mental, el abuso del alcohol no puede verse solo como un problema de voluntad o de irresponsabilidad, incluso va más allá de ser una adicción, es algo más profundo, porque muchas veces lo que se busca detrás del consumo del alcohol es anestesiar un dolor, una realidad y anestesiarse parece más fácil que sanar. Pero toda anestesia tiene un precio, y a veces ese precio es la vida de otros e incluso la vida de uno mismo.

El conductor ebrio de esa noche no solo perdió el control del volante, perdió también el control de su conciencia, perdió el control de su vida.
Hoy creo que la verdadera sobriedad no consiste solo en dejar de beber, sino en recuperar la conciencia. En aprender a sentir sin miedo. En acompañar el dolor, en lugar de esconderlo.
Bienvenidos a la clínica del alma, bienvenidos a RENACER.











