Empieza la cuenta regresiva: a Bucaramanga le quedan pocos días para las elecciones atípicas del 14 de diciembre y ya todo está sobre la mesa. No es solo una carrera por quién gobernará durante los próximos dos años, sino una oportunidad para pensar seriamente qué tipo de ciudad queremos ser. En esta elección no se juega un periodo: se juega el futuro.
Los ocho candidatos que hoy se disputan el voto recorren la ciudad con diagnósticos y promesas que, aunque diversas, coinciden en algo esencial: Bucaramanga necesita retomar el rumbo. Las propuestas van desde continuar el plan de desarrollo vigente hasta reactivar obras pendientes, recuperar la movilidad, reorganizar la administración pública, fortalecer la seguridad con tecnología o mano dura y reconstruir la confianza institucional.
Cada uno hace énfasis desde un ángulo distinto, pero todos abordan urgencias que la ciudadanía reconoce a simple vista: la inseguridad como un tema de conversación cotidiana, la movilidad al borde del colapso y la creciente sensación de que las instituciones dejaron de ser capaces de transformar algo de fondo.

El menú de propuestas es amplio, pero la pregunta sigue sin resolverse: ¿tiene Bucaramanga un proyecto de ciudad que trascienda las campañas? ¿Existe una visión capaz de sobrevivir a los cambios de administración y a la tentación de empezar de cero? Esa es, quizás, la raíz del problema.
Los países y ciudades que hoy admiramos no llegaron allí por obra de liderazgos individuales, sino por la capacidad de sostener políticas públicas coherentes a corto, mediano y largo plazo. Si Bucaramanga no asume ese compromiso, en dos años estaremos nuevamente en el mismo lugar.
Construir una ciudad se parece mucho a cuidar la salud: ningún tratamiento funciona si se cambia de fórmula cada semana. Curar enfermedades, mejorar la calidad de vida o estabilizar a un paciente requieren constancia, seguimiento, protocolos y criterios compartidos. Y sobre todo requieren que, si el médico cambia, se respeten lineamientos técnicos y universales que garanticen continuidad por el bien del paciente.
Con las ciudades ocurre lo mismo: la transformación solo es posible cuando se piensa con visión, se planifica con rigor, se ejecuta con constancia y se toman decisiones basadas en resultados, no en giros improvisados cada vez que llega una nueva administración. Lo alentador es que hay cientos de ejemplos en el mundo que demuestran que esto funciona y que pueden adaptarse a nuestra propia realidad.
La elección del 14 de diciembre debería ser el punto de quiebre para romper ese ciclo y avanzar hacia acuerdos que trasciendan gobiernos. Bucaramanga necesita empezar a definir una dirección clara para los próximos 50 años. Ese es el debate pendiente: un ejercicio ciudadano serio, crítico y libre de populismos.
Por eso, el próximo mes debemos llegar a las urnas con visión y con la convicción de que el candidato elegido representa el futuro que queremos para la ciudad. Quedarse en casa no es una opción; es renunciar al derecho de decidir y dejar que otros elijan por nosotros.










