En Colombia hablamos con orgullo del café, las flores o el banano, pero pocas veces destacamos otro de nuestros grandes tesoros agrícolas: el cacao. Y vale la pena decirlo: es en Santander donde se produce casi la mitad del cacao del país. Según cifras de Fedecacao, nuestro departamento aporta el 41% de la producción nacional. Sí: casi la mitad del cacao que mueve la economía colombiana sale de nuestras tierras, de nuestras familias rurales y de generaciones que han dedicado su vida a este cultivo.
Detrás de estos resultados hay asociaciones, entidades públicas, organizaciones privadas y familias enteras que han construido, paso a paso, una cadena productiva sólida. Pero, pese a los avances, seguimos enfrentando un reto crucial: transformar el cacao en valor agregado. Pasar del cacao al chocolate, es decir, de solo vender materia prima, a exportar barras, bombonería, derivados y experiencias capaces de posicionarnos como referentes de chocolate fino en el ámbito internacional.
La semana pasada tuve la oportunidad de conocer a la actual Reina Nacional del Cacao, una joven santandereana que no solo lleva una banda, sino también la historia y el orgullo de una familia cacaocultora. Es una mujer comprometida, conocedora del sector y decidida a que su reinado no sea un gesto simbólico, sino una plataforma para visibilizar al gremio, promover oportunidades y representar a los productores con convicción.
Sin embargo, el liderazgo no puede recaer solo en una persona, ni en un gremio, ni en un gobierno. Para aprovechar el potencial del cacao santandereano necesitamos la suma de todos los esfuerzos: más tecnificación, más investigación, más incentivos para la agroindustria, mejores vías y un ecosistema que permita que nuestras empresas pasen de competir localmente a posicionarse globalmente. Porque el verdadero desafío no está únicamente en producir más cacao, sino en transformarlo mejor.
Países como Suiza que no cultivan cacao, han construido una industria chocolatera de reconocimiento mundial gracias a la innovación, la sofisticación de su cadena productiva y la agregación de valor. Ese referente debe motivarnos a aprovechar nuestro potencial desde el origen.
Santander tiene todo para hacerlo: tradición, conocimiento, liderazgo gremial, historias familiares de esfuerzo y, ahora, incluso una reina que visibiliza al sector. Lo que nos falta es acelerar la transformación cacaotera con sello propio, donde nuestros productos no solo se vendan localmente, sino que conquisten mercados internacionales.
Este es el momento. El cacao santandereano puede convertirse en una de las grandes apuestas de desarrollo rural, agroindustrial y exportador del departamento. Depende de nosotros dejar de contar la historia del cacao como un simple cultivo y empezar a narrarla como una industria que transforma, que exporta y que posiciona a Santander en el mundo.











