Hace poco tuve la suerte de asistir a una maravillosa conferencia del médico paliativista alternativo Dr. Santiago Rojas, a quien admiro desde hace mucho tiempo, además de compartir muchas de sus posturas frente a la vida y la muerte. En esta ocasión, la conferencia abordó un tema que me apasiona desde hace años y que considero de profunda importancia: la relación entre espiritualidad y salud.
Con frecuencia, en nuestras vidas nos concentramos en la dimensión meramente material de la existencia. Y no digo que esté mal, siempre y cuando no descuidemos esa parte no tangible que el Dr. Rojas define como “la búsqueda de lo sagrado y lo divino a través de cualquier experiencia del camino”. Esta búsqueda tiene como aspectos primordiales el encontrar significado y propósito en nuestras vidas, y cultivar la voluntad de vivir, es decir, sentir la vida.
En mis conversaciones con pacientes, noto cómo este afán por comprender y recorrer caminos espirituales se vuelve más apremiante a medida que se percibe un final cercano. Con frecuencia, estos cuestionamientos llegan tarde.

Otro aspecto fundamental es diferenciar espiritualidad de religiosidad, lo cual resulta difícil en nuestra cultura, pero es esencial. La religiosidad se basa en una creencia; la espiritualidad, en cambio, es una vivencia. Para explicar esta diferencia, el Dr. Rojas utiliza una metáfora: somos como un árbol. El tronco representa nuestro yo material, nuestro cuerpo; las ramas y hojas, nuestros pensamientos y emociones; y la raíz —invisible incluso para nosotros mismos— es nuestra espiritualidad, que nos conecta con todos los seres vivos.
Los sentidos y propósitos en la vida suelen estar marcados por la sociedad. Por ejemplo, desde niños se nos dice que debemos terminar el colegio, ir a la universidad y formar una familia. Esto puede ser válido para muchos, pero no necesariamente es el camino de todos. Este proceso es profundamente individual, y es un trabajo que cada uno debe hacer consigo mismo. Hay culturas que encuentran el sentido de la vida en lo que se experimenta afuera; otras, como las orientales, lo descubren en el viaje interior hacia el ser.
Para gozar de una vida plena, feliz y disfrutable, es fundamental recorrer de alguna forma estos caminos. Lamentablemente, no hay un mapa preestablecido: cada uno debe buscarlo y construirlo.
Hoy invito a mis lectores a plantearse estas preguntas a sí mismos, y a encontrar ese propósito y ese camino en la vida. Ojalá lo hagan antes de que sea demasiado tarde.
“El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo.” — Friedrich Nietzsche.












