Casi todos alguna vez subimos a una montaña rusa. Imposible no recordar la ansiedad de la subida y, luego, el vacío y el miedo en la caída hacia un golpe seco y fatal, a pesar de que todo está diseñado para que el estropicio no ocurra. Es una metáfora de la vida cotidiana; hoy la transitamos enfrentando retos menores, muy pocas veces con amenaza a la supervivencia.
Y ¿si, por un momento, imaginamos que lo que nos jugamos cada instante, no es un mal o buen día, sino la dignidad, nuestro valor personal, la integridad física o incluso la vida? Y ¿si el solo hecho de salir a la calle o ir al supermercado, desata el odio, el asco, el desprecio y por supuesto la agresión de los demás?
Camila Sosa Villada (1982), la escritora que con su novela Las Malas (apenas una de varias) ha recibido premios como el Sor Juana Inés de la Cruz (FIL de Guadalajara, 2020), el Grand Prix de l´heroine Madame Figaro (Francia, 2021) y el Finestres (Barcelona, 2021), es una voz literaria excepcional, con una mirada única de un submundo tan viejo como la humanidad, pero casi siempre escondido y humillado. Las Malas concita en un texto breve una biografía novelada del travestismo provinciano, rústico y pobre, con la audacia de un texto franco y explícito que hurga, con prosa fina, en los más profundos y poéticos rincones del alma de las protagonistas, así como de su comunidad armada como jauría de lobas acorraladas por justos y por pecadores.
El salto al vacío que Sosa le propone al lector es hacia el caos interior de cada travesti, cada mujer transexual, cada prostituta y en fin, de cada uno de los y las excluidas. Una inmersión en el anárquico orbitar de dolor, miedo y desesperanza abismales que nacen del desprecio y el asco de los otros por un solo hecho: ser así y, por causa de la marginalización, oficiar en algún ceremonial del ‘bajo mundo’. Una mirada desde adentro; un forzado recubrimiento con la piel de una mujer que es transexual por un fichaje de la naturaleza, y va de prostituta por descarte social.
Sosa Villada pone las luces y las cámaras en primer plano sobre el dolor que irriga el subsuelo de ese mundo exterior travestido. Esa escena de alegóricos monstruos, máscaras grotescas, tetas y culos plásticos que son, al menos, burlas y resistencia hacia esa otra parte de la realidad que les desprecia. Abre la herida sin piedad para exhibir el dolor bajo la peluca. Sosa tiene audacia y talento literario para darle al mundo una valiosa obra en momentos de ausencia de empatía humana.










