Aún recuerdo cuando tenía cincuenta días de nacido, cuando dormía profundamente en el cuarto oscuro donde mis padres me acomodaban para descansar de mí y disfrutar de ellos.
La placidez con la que dormía era tal que no necesitaba almohada y solo era cuestión de tres minutos para escupir el chupo que me fastidiaba. Miraba, si mal no recuerdo, cinco minutos la ventana, y yo mismo apagaba la grabadora con un cassette andando que habían grabado con la voz de mi madre haciendo ssshhhh.
Era un bebé impertérrito, seguro de mí mismo; no me asustaba nada, ni la soledad ni la oscuridad. No había Llorona, ni Patasola, ni Mohán, ni mucho menos Madre Monte o monjas endiabladas que lograran perturbarme tanto como lo hace hoy un correo de la DIAN.

Jean-Jacques Rousseau tenía razón: “El hombre nace bueno y la sociedad le mete cuentos para que se cague del susto”
En Bucaramanga hemos tenido alcaldes diversos. Desde el incendiario Iván Moreno, el destituido Fernando Vargas, Lucho Bohórquez —condenado en primera instancia por corrupción—, el loco Rodolfo Hernández, o el pastor cristiano Jaime Andrés Beltrán, a quien recientemente también sacaron de la Alcaldía por incumplir las reglas de la contienda electoral: la doble militancia.
Lo que tenemos de atraso y progreso en Bucaramanga no se le puede atribuir ni a la izquierda ni a la derecha. Ni el puente La Novena lo construyó “la izquierda”, ni el Teatro Santander lo reconstruyó “la derecha”, ni el desfalco de Metrolínea lo ocasionó una ideología diferente a la corrupción. Y antes de que algún lector me diga que el partido de la L podría ser la izquierda en Bucaramanga, recordemos que, pa’ godos, los liberales. Basta recordar a los rojos apoyando a Fico en campaña presidencial y luego siendo bancada oficial del gobierno Petro. Y si nos venimos a ver la política criolla, vemos al mismo Partido Liberal otorgando avales en Santander a los polémicos Didier Tavera y Richard Aguilar, a quienes difícilmente podría uno encasillar entre izquierda o derecha; más fácil es hacerlo entre honestidad y deshonestidad.
La supuesta ideología política que haya podido tener cualquier mandatario de Bucaramanga poco o nada ha tenido que ver con la vida del ciudadano. De hecho, venimos de salir de un alcalde pastor y nadie sintió que la ciudad se haya “derechizado” ni “cristianizado” ni nada por el estilo. A nadie se le obligó a ir a cultos ni el cristianismo se impuso en el pénsum de los colegios públicos. Porque ser alcalde de una ciudad en Colombia no da suficiente poder como para imponer una doctrina municipal.
Acá nos han asfixiado con impuestos, deuda, valorizaciones excesivas y robos inmaculados. Hemos sido condenados al abandono y a la inseguridad y también nos han pisoteado elefantes blancos, pero nada de eso tuvo que ver con que nos gobernaran alcaldes “fachos” o “comunistas”; tuvo que ver con ética ausente y desidia presente.
Que no nos vengan a querer meter los dedos a la boca con el cuento de terror de “no podemos permitir que la izquierda se tome Bucaramanga”. El próximo 14 de diciembre la ciudad debe decidirse por un candidato ético, transparente y con un plan de gobierno sensato. Todo intento manipulador y deshonesto por asustar a los ciudadanos se perderá… como la chatarra.










