Hoy, mientras tú lees esto, yo voy a estar compitiendo, representando a Colombia en los Juegos Bolivarianos. Lesionado. Sin un plan B. Así es el deporte: no espera a que estés perfecto, no te pregunta si dormiste bien, no te da permiso para detenerte a revisar qué te duele. Pero te exige, te exprime y te enfrenta. Y si te lesionas, peor: igual toca salir. A un deportista lesionado nadie le aplaude el intento, le exigen resultados.
Llegar lesionado a competir, no es lo ideal, no es lo cómodo. No fue lo que uno soñó cuando fueron meses enteros entrenando. Pero es lo que hay.
En el deporte, rendirse no es una opción. Caerse sí. Llorar también. Pero abandonar, JAMÁS. Uno compite con lo que queda, con lo que se sostiene y que no se ha roto del todo. Uno compite incluso cuando el cuerpo protesta, cuando el corazón arde, cuando el músculo pide descanso y la cabeza te suplica que pares. Uno sigue. Punto.
Y la vida… la vida es exactamente igual.
La vida no te suspende la tormenta porque estás pasando por un mal momento. No te saca de la pista porque estás agotado. No te quita peso porque estás frágil. No te quita el problema porque “ay pobrecito”. La vida te lanza al ruedo justo cuando más vuelto mierda estas. Te pone a decidir si te desplomas o avanzas. Si te mueres por dentro o te rompes un poco más para seguir.
Y duele. Claro que duele. Nadie habla de eso. Nadie te dice que los momentos que más te van a marcar serán los que más vas a querer evitar. Pero son esos momentos incómodos, angustiantes y difíciles los que te obligan a crecer y a sacar la cabeza cuando lo más fácil sería hundirte.
La vida está diseñada para los que no negocian el dolor. Para los que siguen cuando se quedaron sin gasolina. Para los que llegan, aunque sea con las uñas. Para los que no se permiten desaparecer cuando están rotos.
Pero al final la verdad es esta: uno no se parte sólo del cuerpo, uno se parte del alma. Y ahí no hay fisioterapia, no hay vendaje, no hay entrenador, no hay coach que te salve. Ahí te salvas solo, compites solo, sangrando por dentro, sosteniéndote con lo poco que quedó en pie. Y aun así avanzas. Aun así, peleas. Aun así, llegas. Porque si algo he aprendido es que las peores lesiones no se ven… pero igual te obligan a correr. Y hoy mientras compito, voy con todas encima.
Sí: mi lesión no es física.
Bienvenidos a la clínica del alma…bienvenidos a RENACER.











