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Domingo 30 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Treinta amigos

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Con el tiempo uno descubre que los amigos de verdad no son una multitud: son un puñado. Dos, tal vez tres. A veces uno solo, pero inmenso. Los demás son saludos, contactos, conocidos, gente simpática… pero no compañeros del alma, porque esos solo se pueden contar con los dedos de la mano, inclusive la de Vargas Lleras.

La amistad real no viene a resolverle la vida a uno, pero sí acomoda el espíritu. No le borra los problemas, pero se sienta a su lado a ver cómo decide encararlos —o posponerlos, que también es humano—. Un amigo verdadero no evita la caída: le tiende la mano a uno para que, al menos, la caída sea más elegante. Y eso que aquí ya estamos hablando de solo un amigo, fíjense ustedes.

Me parece absolutamente conmovedor y de muchísimo valor que un amigo mío me haya extendido la amable invitación a una reunión política del candidato Cristian Portilla esta semana en la discoteca “La Chismosa” (antes “Chabela”). Le mostré gratitud por haberme atribuido una virtud de la cual carezco: la de ir a reuniones políticas a hacer bulto. No obstante, antes de colgar le dije: “de todas maneras, gracias por haber pensado especialmente en mí”. Y, para mi sorpresa, su respuesta fue: “¡Ja! Usted es como el sexto que me dice que no; esos hijuemadres nos están pidiendo llevar dizque treinta amigos”.

¡Treinta amigos! ¿Quién tiene treinta amigos?

¿En qué universo? ¿En qué galaxia? ¿Qué tipo de psicodelia institucional hace creer que un adulto funcional tiene treinta amigos disponibles una noche entre semana? Si yo duré casi seis semanas intentando reunir a todos mis nueve amigos —llamándolos semanalmente, diciéndoles que pidieran permiso a sus respectivas parejas con anticipación; les prometí trago, carne, música y hasta chismes buenos— y, aun así, con todo eso a favor, solo logramos vernos cuatro.

Para colmo de males, burlándome de la angustia de mi amigo —porque eso hacen los amigos de verdad—, me vengo a enterar por medio de otro amigo, que también trabaja en una campaña de otro candidato, que allá también les piden de a treinta. ¡Treinta!

Mejor dicho: en las campañas ya se estandarizó la cifra “treinta”, así como la historia se encargó de establecer que el voto se compra con cincuenta mil. Los mismos cincuenta mil pesos que inclusive sobrevivieron a la pandemia o el famoso diezmo cuando se habla de las tajadas en la corrupción.

Dejando a un lado lo cómico y absurdo del asunto, es realmente preocupante que a los contratistas de entidades públicas se les presione para asistir a reuniones políticas (con treinta amigos idealmente), so pena de quedarse sin trabajo.

P. D.: No tengo nueve amigos; en realidad son cuatro.

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