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Lunes 01 de diciembre de 2025 - 01:01 AM

¿Qué hace a Bucaramanga diferente?

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¿Tiene una armonía? Podemos decir que la tuvo, pero que ya está perdida casi del todo. ¿Tiene espacios públicos importantes y cálidos? ¿Es una ciudad ordenada y respetada? No. ¿Culturalmente rica? Sí, pero no se aprovecha. ¿Es una ciudad con historia? Naturalmente. ¿Enseñan esa historia en las escuelas? No. Debería ser obligatorio enseñársela a la juventud para que aprendan a amarla. ¿Tiene tesoros naturales? Ya casi no le quedan, pues todas las quebradas se secaron, los lagos y lagunas también, para hacer carreteras y edificios, porque hubo un tiempo en que todos los constructores despreciaron el agua. Y, sobre todo, ¿tiene calidad de vida? No. No es una ciudad peatonal, la movilidad es problemática y la seguridad está por los suelos, y ahora hasta asaltan en los centros comerciales.

¿Nuestra arquitectura es singular? ¿Es como la de Buenos Aires o Madrid o el mismo París (es pedir mucho), que dan sensación de belleza y grandeza y también orden? Ni de cerca. ¿Tenemos identidad si el centro de la ciudad está abandonado y lleno de basuras? ¿Tiene visión y vocación de grandeza? Más bien no. La ciudad tiene universidades, pero no tiene librerías, porque las pocas que existían las han ido cerrando; la ciudad se dedicó a hablar de lo superficial, no a pensar ni a cultivarse, como me dijo un amigo que vino de Bogotá y que hacía mucho no visitaba. Mientras Bogotá posee 189 librerías hasta el 2023, según la Cámara Colombiana del Libro, Bucaramanga solo 14.

La gente solo habla de politiquería y vanidades. Nos carcomemos entre nosotros; nos mordemos la cola en un perverso círculo del chisme que nos va dejando vacíos: del carro último modelo, del licor bebido, de los bares donde la juventud mata su tiempo libre. Ciudad en la que la infancia no tiene más alternativas de distracción que ir a los centros comerciales, donde ahora ya nadie está seguro. Ni teatro, ni los dramas que hicieron a Grecia grande (¿es pedir mucho?).

Estamos como la ciudad de Orán, la de La peste de Albert Camus, llena de apatía, rutina y monotonía. A mis nietas (no puedo hacer nada) no les gusta Bucaramanga y las entiendo: prefieren Zapatoca y la Fundación Bavilú, donde hay juegos, campo y están seguras, y pueden correr libremente con las niñas y niños del pueblo.

La ciudad debe promover la sensación de comunidad y de misterio. Tener calles con leyendas. Tener los museos abiertos, llenarse de librerías y, aprovechando la riqueza agrícola de la región, convertirse en pionera gastronómica del Oriente. La ciudad no se salva sola: la salva la gente cuando despierta.

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