En Santander la conflictividad social preocupa: 588 conflictos entre 2022 y 2025, el 5% del total nacional, aunque el departamento representa solo el 4,5% de la población. Esto revela una tensión estructural con causas reales: reclamos por derechos laborales, deficiencias en servicios básicos y protección ambiental.
Sin embargo, junto a estos problemas objetivos, persiste un factor que agrava la situación: un clima de estigmatización y prejuicios que impide o distorsiona la discusión, erosiona la convivencia y alimenta la polarización.
En redes sociales y en el discurso público se han normalizado expresiones que culpan a comunidades indígenas, campesinas y migrantes por los problemas estructurales del departamento. Se les señala como “invasores”, “obstáculo para el desarrollo” o “responsables de la inseguridad”. Estas narrativas no solo dividen, sino que crean condiciones para que los conflictos escalen hacia escenarios de violencia.
Aquí es donde cobra sentido reflexionar sobre la Pirámide del Odio, un modelo que muestra cómo la violencia comienza con palabras y actitudes aparentemente inofensivas, pero que, si se toleran, pueden terminar en agresiones físicas y crímenes graves. Conocerla nos permite identificar señales tempranas y actuar antes de que sea demasiado tarde.
La historia La culpa es de la vaca, del libro homónimo de Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo, ilustra bien esta lógica: ante un problema, cada actor evade su responsabilidad y culpa a otro, hasta llegar al absurdo de responsabilizar a las vacas. En la vida real ocurre algo similar: culpamos a “los otros” por nuestras dificultades, sin asumir que la solución requiere diálogo, corresponsabilidad y respeto. Este prejuicio —“el otro es culpable de mis problemas”— es común a muchos conflictos y constituye el punto de partida para la cadena del odio.
La transformación social no se construye sobre opiniones vacías, sino sobre pilares sólidos que nos dan base, tono y dirección: verdad, respeto y coherencia. (Triángulo VRC de Navasuribe)
La verdad nos permite partir de datos reales y verificables, evitando que el análisis se convierta en especulación. El respeto orienta la forma en que abordamos los conflictos, porque hablar de la Pirámide del Odio no busca señalar culpables, sino prevenir la deshumanización y garantizar la dignidad de todas las personas. Finalmente, la coherencia une el diagnóstico con la acción: si afirmamos que los prejuicios alimentan la violencia, debemos proponer soluciones que los desmonten, como la mediación y el diálogo social.
No basta con tratar los síntomas; debemos ir a las causas, desmontar prejuicios y promover narrativas inclusivas. Por eso los invitamos a sumarse a las iniciativas en marcha, adoptando el Triángulo Ético VRC como guía: verdad para partir de hechos, respeto para garantizar dignidad y coherencia para unir diagnóstico y acción. Frenemos el odio, garanticemos derechos y convirtamos las diferencias en oportunidades para el acuerdo.












