La encuesta de Invamer nos dejó frente a un podio lastimero: Cepeda, De la Espriella y Fajardo. Una tríada que, más que dibujar el porvenir, revela la fragilidad de nuestra memoria colectiva. Porque si algo revela ese resultado es que somos la única especie que tropieza de nuevo con la misma piedra. Pero además, también la única capaz de producir conocimiento pero incapaz de universalizarlo o transmitirlo a todos. Es como si solo un puñado de bestias lobeznas hubiesen aprendido a convivir con los humanos y a mover la cola para ser perros, mientras la manada entera siguiera aullando desde el fondo de la selva.
Hace cuatro años ya habíamos tropezado con la piedra del populismo y el engaño digital, pero entonces estábamos anestesiados por una pandemia que solo permitía observar al mundo desde las pantallas. Y así, quedamos acorralados entre dos desastres: de un lado, un experto creador de problemas pero torpe solucionador, que convirtió sus habilidades para trabar y sabotear en su principal mercancía política; y del otro, un mamarracho estridente, sin temperamento ni estatura para ascender a estadista (qepd). La experiencia administrativa no hace a un presidente: un alcalde administra, el presidente diseña la política pública y el destino común. Son roles tan distintos como el del utilero o ´luthier´ de instrumentos de la orquesta y el director.
En 2022 aún no calibrábamos la potencia manipuladora de las redes. No sabíamos que podían disfrazar a un charlatán de ideólogo, o a un vulgar patán de político con carácter y fuerza interior. Ahora ya sabemos cómo operan los algoritmos, conocemos el truco de la indignación fabricada, etc. Cuarenta años atrás -1982- elegíamos entre Betancur y López Michelsen, y en 1986 entre Barco, Gómez Hurtado y Galán; hemos caído por un despeñadero.

El riesgo no es que Cepeda -odios al hombro- lidere, o que De la Espriella genere odios rancios con rústicas pasiones y estribillos. Lo grave es resignarnos a un dilema -tan polarizante y precario, como síntoma—, sin que nadie nos traiga hacia la reflexión razonada. Ninguna investigación de “cazatalentos por méritos”, nos pondría en esta imposible disyuntiva.
Necesitamos líderes que conozcan el país sin frases de cajón, que hayan estudiado sus fracturas y sus posibilidades, que se desnuden de populismos gastados y entiendan que gobernar a Colombia es liderar un archipiélago humano: diverso y adolorido. Si no nos despertamos de la pereza cívica, amaneceremos con otro presidente de los que confunden el poder con el espectáculo y el Estado con una olla de piñata. De lo que se trata es de exigir seso, desapacionamiento, templanza y la rara virtud de pensar en todos. Esta vez el error sería imperdonable.












