¿Quién es un criminal? Aquel que en un acto consciente de su voluntad lleva a cabo procederes que la Ley considera que son delitos, como el que con premeditación y alevosía atenta contra la vida o la propiedad de otra persona.
Los adolescentes de 14, 15, 16 años que conscientemente llevan a cabo crímenes, actúan como adultos, proceden teniendo plena conciencia y discernimiento de que lo que están haciendo es un ilícito y pese a ello roban, matan, venden estupefacientes, etc., es decir, violan la Ley a sabiendas, conocen cuáles son las consecuencias de obrar así y, pese a ello, actúan.
El Estado tiene la obligación de legislar dándole a esos menores el mismo tratamiento que a los adultos que cometen dichos delitos. Si el Estado actúa con laxitud ante menores que disciernen como adultos, está cohonestando el crimen, está dando la apariencia de que juzga y sanciona al delincuente, cuando lo que realmente hace es alcahuetear, facilitar que se cometan delitos que lesionan hondamente a la comunidad.
Hace una semana en Bogotá, en horas del mediodía, en una acera de un barrio residencial, un menor, avezado delincuente, con un arma de fuego, robó y mató alevemente a un joven que iba hacia su casa de habitación, quien ante la acción criminal no se entregó inerme pese a estar en inferioridad de condiciones y desarmado. Y el asesino, que está demostrado judicialmente que es experimentado delincuente, con desparpajo aceptó ante la Justicia haber matado y robado. ¿Por qué? Porque es consciente de que en poco tiempo estará en la calle, nuevamente delinquiendo. Y el Estado, actuando como alcahueta, dirá que hizo caer contra tal menor “el peso de la Ley”.
Y algo más grave: es probable que dicho homicida no sea realmente un adolescente sino un adulto que falsifica su edad real para ser favorecido por una legislación laxa, encubridora. ¿Tenemos conciencia de lo que ello implica?
Y algo más: periodistas locuaces y ciudadanos de bien, equivocados y persuasivos, con destreza retórica, pregonan que el hombre de bien al ser víctima de un delito es prudente que sea pasivo, que se entregue, inerme e inerte, al accionar del delincuente.

Ese planteamiento lleva a legitimar la tiranía del crimen, a pedirle al ciudadano que abdique de su dignidad, que entregue sus derechos ante el delincuente, es disfrazar la cobardía de pacifismo, es convertir al malhechor en dueño y señor del destino ajeno, es hacer del delincuente el beneficiario justo de su atroz delito.
Me aparto de quienes piden a la comunidad que sea pusilánime pues la cobardía no puede ser una norma válida para la colectividad.











