Celebrar es quizá la palabra que más emociones despierta, después de la palabra jugar. Para la mayoría de personas, la niñez se va terminando a medida que las capacidades físicas y mentales aumentan, quitándoles el tiempo destinado al juego y a la diversión, para dedicárselo al cumplimiento de deberes, tareas domésticas y hasta ocupaciones laborales. Sin embargo, celebrar es una forma de conservar ese poder de jugar, —ahora como símbolo o pretexto— de algo digno de reconocimiento que convoca a no pasarlo por alto. Me refiero a las celebraciones que nacen de lo personal, como cumplir años o cumplir propósitos; de lo circunstancial, como las festividades religiosas o cualquier acontecimiento que propicie ese deleitable momento de festividad.
Hacer una fiesta, una pequeña reunión o incluso un encuentro casual, son diferentes formas de celebración. Cada uno tiene su manera ideal de hacerlo y, aunque también es considerable el número de personas a quienes no les gusta hallarse en medio del bullicio, la música, la comida y el licor, tal vez por protocolo, presión social, o porque a última hora cambian de opinión, tanto los unos como los otros coinciden en tiempo y espacio para dar rienda suelta a esta nueva oportunidad de volver a jugar. Acuden a participar despreocupadamente de un acto liberador de integración, haciendo a un lado las ocupaciones y los roles cotidianos, permitiendo que para bien o para mal la fiesta empuje a todos sus participantes a volver a sentirse sorprendidos.
La experiencia confirma que fiesta y celebración no son necesariamente lo mismo. Celebrar puede ser una experiencia sencilla, íntima y, por lo mismo, mucho más significativa. Se puede celebrar sin compañía, sin testigos ni invitados: esto es relativo. Pero no se puede negar que la fiesta, sea la nuestra o la de al lado, nos contagia de alegría y nos desafía a ser capaces de compartir y multiplicar unos instantes donde nos hemos puesto de acuerdo con otros para ser felices. O por lo menos para intentarlo.
Pero la fiesta no es para todos. La posibilidad de disfrutar en estos espacios no siempre está disponible para cualquiera. La ausencia, el duelo, la carencia, entre otros factores, se interponen a este ritual, llevando la atención y el espíritu a otro momento natural que todos estamos destinados a experimentar: la total adversidad. Vivir es ganar y perder al mismo tiempo, y a las personas nos toca aprender algo en cada uno de estos casos. Porque ni la fortuna ni la desdicha suelen ser tan permanentes como parecen, pero el crecimiento personal y el mejoramiento como seres humanos sí que podrían invitarnos a una celebración duradera y a la mejor fiesta de nuestras vidas.












