En Santander anda sonando un nuevo nombre: FODECOL. El gran invento institucional que, según dicen, ayudará a ejecutar proyectos sociales y de infraestructura con mayor “agilidad”. En el papel suena bonito; en la práctica, se parece demasiado a un viejo conocido de la política colombiana: el contratadero. Sí, esa figura que reaparece cada tanto con otro nombre, otro logo y otro gerente, pero que en el fondo opera igual que siempre. La alerta viene del periodista Alejandro Villanueva.
Lo curioso del asunto es que FODECOL nació con un capital irrisorio, pero luego aparece con capacidad de manejar recursos multimillonarios. Siempre es la misma secuencia, una entidad pequeña, privada, mixta o como quieran llamarla, termina administrando contratos que en cualquier otra circunstancia deberían pasar por los controles estrictos de la Ley 80. Pero no. Aquí se blindan bajo el rótulo de “derecho privado” que, para efectos prácticos, implica menos competencia, menos transparencia.
Y para que no digan que esto es una manía santandereana, hay que precisar algo y es que los contrataderos son más viejos que la moda de andar a pie. No nacieron aquí. No nacieron ayer. Son una institución nacional, casi una tradición.

Solo para dar unos ejemplos. Ahí están los Fondos Mixtos de Cultura, creados desde los noventa dizque para “dinamizar” el arte, pero que terminaron dinamitando fue la transparencia con la que deben manejarse los recursos públicos.
O qué me dicen de las famosas Corporaciones para el Desarrollo, esas sí que se multiplicaron por todo el país. En Córdoba, La Guajira, Valle, Cesar. Todas distintas en nombre, todas idénticas en funcionamiento. Gobiernos que aportaban unos cuantos millones, pero luego les trasladaban miles para ejecutar infraestructura, apoyo nutricional, educación. ¿Cuál era el resultado? Contratos gigantes con reglas privadas y una supervisión difusa.
Y claro, está el ejemplo estrella: el Fondo Mixto Sierra Nevada, bautizado por la Contraloría como “una máquina de desangrar regalías”. No lo digo yo. Lo dijo el organismo que revisa estas cosas. Contratos fraccionados, interventorías que parecían saludos a la bandera y una estructura hecha para mover recursos rápido.
Todos estos casos tienen un mismo ADN. Nacen pequeños, se alimentan de convenios interadministrativos y luego contratan sin el rigor que exige la ley a las entidades públicas. Es el sueño dorado de cualquier político. Por eso, cuando hoy vemos al nuevo FODECOL aparecer en escena, el libreto ya lo sabemos.
No se trata de satanizar. Se trata de aprender de la experiencia. Y la experiencia es clara en que los contrataderos han sido, en demasiados casos, la autopista más rápida hacia la opacidad. Juvenal había empezado bien pero hoy la percepción es otra.
Ojalá esta vez la historia no se repita.











