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Lunes 22 de diciembre de 2025 - 01:00 AM

Otra Navidad

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Centenares de veces ha sido contada la historia de Cristo, su nacimiento, la primera Navidad, contada en todos los idiomas y en todas las épocas de esta tierra difícil y bella, por escritores que aún pensaban diferente sobre las mismas cosas. En su libro La historia de Cristo, Giovanni Papini (ex ateo) cuenta que a Jesús, según Lucas, se “le acostó en un pesebre”, en un verdadero establo pobre y sucio (todos sabemos qué contiene un establo), en el espacio reducido de los animales que ayudan al ser humano y trabajan para él. No tenía ese establo, desde luego, ni los pórticos ni los capiteles que los pintores han ambientado quitándole su realidad de mugre. Allí nació, dicen, ese niño que luego iba a ser crucificado sin cometer ningún delito ni fechoría. Nacido entre olores de vaca y de heno, sin nada de lujos ni de sirvientes.

Refuerza Papini que “Jesús no nació en un establo por casualidad. ¿No es el mundo un inmenso establo donde los hombres se engullen y se destruyen?” “¿No cambian, por infernal alquimia, las cosas más bellas, más puras, por suciedad y vanidad?” Luego, siempre ha sido así: por el placer y el bienestar (nada de moral), se tumban y llaman a eso gozar la vida. Luego se pregunta Papini: “¿Por qué llegaron los pastores a visitar al niño de la extranjera?” Nadie, si es cierta la historia, explica estos gestos de solidaridad con la visita al establo. Y también refiere que llegaron unos reyes magos venidos del Oriente, estudiosos de las profecías (quizás los reyes de Tarsis y Saba), porque querían ponerse a los pies de la pobreza y de la esperanza.

Ese niño del establo acabaría imponiendo su discurso de amor y de paz a nada más y nada menos que a la mitad del mundo. Enseñará, aunque casi nadie lo tome en serio, que la pureza del espíritu es lo único que “preserva de la corrupción”, como si esa fuera la verdadera Piedra Filosofal o el verdadero Elixir de la Vida.

La Navidad debería ser solo eso: humildad y sabiduría, alegría y encuentros genuinos, porque recuerda que Cristo no eligió palacios ni poder, sino pobreza y fragilidad; porque insiste en que el mundo será mejor si llega envuelto no en lujo sino en sencillez, porque nos interpela, cada año, a preguntarnos qué hemos hecho nosotros con el mensaje de ese niño del establo.

Nota: El agua de Barichara, lamentablemente, no sirve ni para bañarse. Las personas se bañan con agua de botellón y la ropa prefieren lavarla en otra parte. Inversiones de miles de millones de dinero no han dado resultado y el acueducto sigue en promesas que se quedan en el aire.

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