Diciembre suele presentarse como un tiempo de tregua, balance y celebraciones. Sin embargo, en varias regiones de Colombia, el último mes del año volvió a convertirse en escenario de ataques armados, hostigamientos prolongados y acciones violentas que desmintieron el desescalamiento del conflicto. Lejos de apagarse, la guerra mostró su capacidad de adaptación, su persistencia y la modernización de los violentos, favorecida por los recursos provenientes del narcotráfico.
Los recientes ataques del ELN y de las disidencias de la FARC evidencian una realidad incómoda: los grupos armados conservan poder de fuego, control territorial y capacidad para coordinar acciones simultáneas. En un ataque reciente, - mediante el uso de drones adaptados para el lanzamiento de explosivos, - contra una base militar en el municipio de Aguachica, el balance oficial fue de seis militares muertos y 28 heridos.
Este hecho no fue aislado. Durante el “paro armado” de 72 horas decretado por el ELN entre el 14 y el 17 de diciembre, las autoridades registraron cerca de 60 acciones violentas en más de veinte departamentos del país, con un saldo de al menos cinco personas fallecidas. En el municipio de Buenos Aires, Cauca, un ataque prolongado de las disidencias de la FARC —que incluyó destrucción de infraestructura pública, explosiones y hostigamientos— dejó dos policías muertos, decenas de familias confinadas y cuantiosos daños materiales. Por En departamentos como Cesar y Cauca, las comunidades quedaron atrapadas entre el fuego cruzado y el silencio institucional. Estaciones de Policía atacadas, alcaldías afectadas, hospitales en riesgo y familias confinadas componen un panorama que se repite con preocupante regularidad, paga el precio de una guerra que no pidió y de una paz que no termina de llegar.
Si Desde el Gobierno se anunciaron refuerzos, operativos y nuevas adquisiciones tecnológicas; entre ellas, la compra urgente de sistemas “antidrones” tras los ataques recientes. No obstante, la reiteración de estas respuestas plantea una pregunta inevitable: ¿se trata de una estrategia integral o de simples reacciones inmediatas ante cada crisis? La insistencia en soluciones exclusivamente militares, sin un correlato efectivo de presencia estatal, justicia y desarrollo, amenaza con convertir cada diciembre en una crónica anunciada de violencia. Así, mientras el país intenta cerrar el año, los fusiles, los explosivos y los drones recuerdan que el conflicto sigue ahí, intacto, esperando el próximo comunicado oficial que anuncie su supuesta “reducción”.
Ante esta tragedia que golpea a nuestro Ejército —el Ejército de los colombianos—, expreso mi abrazo de condolencia y solidaridad, como lo hacen millones de compatriotas. Se trata de una tragedia anunciada: el resultado de unas Fuerzas Militares maniatadas, debilitadas y sin los recursos necesarios para cumplir con el deber sagrado de defender la patria. Se cumple, dolorosamente, una política que hoy parece observar la tragedia con indiferencia.
Llega un nuevo año. La pregunta es inevitable: ¿vamos a permitir que esto continúe? No.










