Las reflexiones de fin de año son un lugar común de todos los medios, sobre todo de los escritos. Uno escribe desde el contexto y cuando al año le quedan pocos días, el único contexto que realmente importa es la cuenta regresiva que espera que el año nuevo perezca.
Todos, como el escritor experto —que no es el caso—, esperamos con cierta ansiedad ponernos frente a la hoja en blanco que ofrece el nuevo año. Esa esperanza que nace de la posibilidad de reinventarnos después de la inconformidad que siempre nos acompaña. Sentimos que el inicio del año rompe la continuidad de la existencia. Sabemos que por definición no ocurre, pero lo sentimos como si así fuera. La vida sigue.
Nos inscribimos en el gym, hacemos promesas de cambio, repetimos que este año sí es el año. Todas son humanas, válidas por definición. Algunas desproporcionadas, sin estadística que soporte tanto sueño peregrino, pero necesarias. En buena medida, esas promesas sostienen nuestra existencia. Para eso estamos aquí, para soñar.
Lo otro es la vida. Somos felices en ella cuando no ocurre nada y este año ocurrió de todo. Me invitaron a escribir esta columna en Vanguardia y es evidente que acepté. Lo he intentado con esmero. Por ahí dicen que el buen columnista es el que cumple. A veces escribo con demasiadas ideas que, atolondradas, se estrellan con el embudo. Elijo la más óptima, no necesariamente la mejor. Otras veces despierto el jueves en la mañana con ansiedad y sin saber qué escribir. Igual hago el esfuerzo. Hay que cumplir.
Siempre pienso en usted, en quien me lee. No sé cuántos somos y no me interesa saberlo. Soy el primer lector de mis columnas, un crítico agudo que, si me hiciera caso, no publicaría. Nunca parece suficiente. Creo que soy mejor lector que escritor, pero de eso nadie sospecha. Lo natural es leer, no escribir.
Como habrá notado, esta es mi última columna del año. A usted, lector genérico y específico, quiero agradecerle por pararme bolas. Yo escribo con cariño, intentando sostener el diálogo, imaginando sus gestos al leer estos pensamiento orgullosos e indecisos, como usted o como yo, se contradicen. Unos hablan mal de los otros y dejo que así sea. La duda que acompaña estas líneas es lo que hace que todo tenga sentido.
Espero seguir escribiendo, tomándome confianza, que no es fácil, y seguir luchando con la hoja en blanco. Espero que usted siga leyendo, estimado lector, luchando contra el tedio. Ojalá que al menos la mitad de lo que piensa que ocurrirá el próximo año ocurra. Para eso también estamos aquí para cumplir los sueños. Con esta columna yo cumplí un sueño, escribir con constancia. Ese es mi propósito.











