En este final de año, tratando de empezar por el principio, acudo a lo elemental, donde casi siempre encuentro la clave para entender los problemas y seguir caminando. Hoy, empeñado en la búsqueda de herramientas contra la corrupción, regreso al escudo patrio y hallo el mandato sencillo que desde 1843 se adoptó como lema heráldico: “Libertad y Orden”. Dos conceptos que deben buscar equilibrio virtuoso para que la corrupción no encuentre caldo de cultivo y los derechos se ejerzan sin atropellar los derechos de otros.
Esa fórmula, escrita con tinta negra en la cinta dorada del escudo nacional, marca la historia desde la independencia. Sin embargo, seguimos remando hacia la misma orilla: ¿cuánto orden sin asfixiar la libertad? ¿Cuánta libertad sin caer en el todo vale? Cada norma que nace para imponer orden limita una libertad, y cada exceso de libertad erosiona el orden. Allí está la contradicción irresoluble que explica buena parte de nuestra historia.
Hace años escribí “Acepto Opinar” como acto de fe en la palabra y en la libertad que ustedes me conceden. Hoy, al cerrar 2025 y abrir 2026, ratifico aquel compromiso: opinar con independencia, con disposición a cambiar de parecer cuando la razón del otro me convenza, y con la certeza de que la opinión es riesgo, pero también puente.
Este año fue un tablero donde escribimos palabras que no deben borrarse. Verdad, Respeto y Coherencia se proponen como brújula ética para enfrentar la conflictividad, y el Diálogo Verdadero debe dejar de ser utopía para volverse exigencia. Bucaramanga nos enseñó que la movilidad no es lujo, sino derecho; que la vivienda no es sueño, sino urgencia; que la salud no puede seguir siendo trámite, sino garantía.
2026 nos convoca: no como un año nuevo, sino como oportunidad para hacer realidad lo que escribimos. Que la movilidad tenga autoridad única y rutas donde hoy solo llega la paciencia. Que la vivienda digna deje de ser promesa y se convierta en política. Que la salud sin barreras sea norma y práctica. Que la equidad de género no sea cuota simbólica, sino justicia estructural. Que la memoria no se pinte de gris, sino de verdad y reparación.
Que la palabra deje de ser ritual y se convierta en justicia. Que la esperanza no sea discurso, sino práctica diaria. El 2026 podría estar escrito, pero lo podemos cambiar: menos promesas y más pactos vinculantes, menos confrontación y más diálogo verdadero. Que paciencia y acción caminen juntas para que la democracia sea compromisos cumplidos. Gracias por permitir que estas palabras cumplan su destino: transformar. Porque escribir no es solo contar lo que pasa, sino invitar a que pase lo que soñamos. Feliz 2026: que transformar deje de ser consigna y se vuelva realidad.










