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Jueves 08 de enero de 2026 - 01:00 AM

El espejo que nadie quiere ver

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El 3 de enero de 2026 pasará a la historia de Venezuela no solo como un hecho político disruptivo, sino como un episodio de altísima tensión emocional para millones de personas. Ese día, una operación militar en Caracas culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa. Más allá del debate político, el impacto psicológico de ese evento fue inmediato y profundo.

Desde entonces, el país vive una incertidumbre colectiva pocas veces vista. La ausencia del rostro que encarnó el poder durante más de una década no solo dejó un vacío institucional, sino que desató miedo, ansiedad y preocupación por lo que vendrá. En las calles de Caracas circulan rumores, persisten grupos armados leales al antiguo régimen, se decretan estados de emergencia. El ambiente es denso, tenso, impredecible.

Pero esta no es solo una noticia internacional: es una realidad diaria que golpea la psiquis de millones de venezolanos. La salud mental se resiente cuando nadie puede anticipar su futuro inmediato, cuando la economía es frágil y cuando el orden político cambia de forma abrupta. La incertidumbre se instala en cada hogar, en cada conversación, en cada noche de insomnio sin saber qué traerá el amanecer.

Vivir así no es simplemente “estar preocupado”. Es habitar un estado de estrés crónico que erosiona las defensas emocionales. La ansiedad no es una metáfora: es un sistema nervioso en alerta permanente, un cuerpo que no logra descansar porque la calma nunca llega. La esperanza se vuelve frágil cuando el mañana es una incógnita constante. La inestabilidad política alimenta desconfianza, paranoia y la sensación de que todo puede cambiar en un segundo, sin aviso ni control.

Aquí es donde lo político se cruza con lo psicológico. No se trata solo de quién gobierna, sino de cómo eso atraviesa la vida emocional de la gente. Cuando las instituciones tiemblan, también lo hace la mente colectiva. Cuando el Estado se vuelve impredecible, cada familia comienza a preguntarse si su seguridad y su futuro están realmente protegidos.

Y esto no ocurre solo en Venezuela. Colombia observa con atención y, por qué no decirlo, con inquietud. La polarización, la desinformación, el discurso agresivo y las tensiones políticas también generan climas sociales que afectan la salud mental. La distancia entre “aquí no puede pasar” y “aquí también podría pasar” es mucho más corta de lo que creemos.

Venezuela nos recuerda hoy que un país puede derrumbarse por fuera, pero también por dentro: en la mente y en el corazón de su gente. Y esa es una lección que Colombia haría bien en tomar en serio, antes de que estemos repitiendo la misma historia.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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