Vivimos en tiempos en los que cualquier distopía corre el riesgo de materializarse. Un día celebramos el inicio de un nuevo año y al siguiente despertamos viendo en redes sociales el bombardeo sobre Caracas y la captura del presidente de Venezuela, quien durante años se esforzó por encarnar, casi sin matices, el arquetipo del dictador de una clásica república bananera, incluyendo los bailes y el performance.
Algunos celebraron la caída del régimen sin esperar a que los acontecimientos terminaran de desarrollarse. Luego vinieron las declaraciones, la guerra no estalló, al menos no por ahora, y más o menos las cosas quedaron como estaban antes de la intervención, solo que sin Nicolás Maduro en el poder.
El escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa retrató una situación similar en El Gatopardo, novela ambientada en la Sicilia del siglo XIX durante el proceso de unificación de Italia. Allí, la aristocracia acepta las reformas políticas no para transformarse, sino para sobrevivir. Se adapta al nuevo orden para conservar intacta su posición dominante.
De esa lógica surge el gatopardismo, un concepto político que describe la estrategia de introducir cambios apenas aparentes con el fin de preservar las estructuras reales del poder. Cambiar algo para que nada cambie. A la luz de lo ocurrido en Venezuela, la categoría parece más vigente que nunca. Lo que por ahora se consolida no es una ruptura, sino la continuidad de un régimen que ha gobernado durante décadas, con una variación puntual y decisiva en la política comercial petrolera.
Durante las declaraciones de Donald Trump, el manejo de los recursos naturales ocupó el centro del discurso. Poco se habló acerca de democracia, libertades o transición política. Quedó sobre la mesa que Delcy Rodríguez, figura histórica del chavismo y ahora presidenta interina, será la encargada de conducir el proceso junto a Marco Rubio. La estructura política se mantiene mientras se flexibilizan las relaciones económicas.
El periodista y analista estadounidense Thomas Friedman lo resumió de forma clara. Trump no fue a Venezuela a liberar a su gente, sino a liberar su petróleo. Mantener el régimen existente resulta más eficiente que abrir un conflicto prolongado, como ocurrió en Afganistán, Libia o Irak, donde se derrocó al gobierno sin reemplazarlo por democracia, sino por desorden y anarquía.
Mientras tanto, en Estados Unidos, donde Maduro fue llevado a comparecer, el Departamento de Justicia descartó oficialmente la existencia del llamado Cartel de los Soles, dejando sin sustento uno de los principales pilares de las acusaciones en su contra. Habrá que esperar cómo avanza el juicio y, sobre todo, si algo cambia realmente en Venezuela más allá del destino de los buques petroleros.












