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Jueves 15 de enero de 2026 - 01:00 AM

¿Por qué duele la muerte de alguien que no conocimos?

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La muerte de Yeison Jiménez no solo entristeció al país: lo obligó a mirarse. Y no todos estamos preparados para ese espejo. Porque cuando muere alguien que sentimos cercano, aunque nunca lo hayamos conocido, no se rompe solo una vida: se rompe una ilusión. La ilusión de que tenemos tiempo. De que la vida es algo que se puede seguir aplazando.

No lloramos únicamente a Yeison Jiménez. Lloramos el golpe que su muerte le dio a nuestra negación cotidiana. Vivimos como si la muerte fuera un accidente ajeno, un error estadístico, algo que siempre ocurre en la vida de otros. Pero indudablemente su partida nos recuerda que no. Que la muerte no pregunta, no pide permiso, no avisa y no distingue.

Duele porque Yeison no era un extraño. Estaba presente en la intimidad emocional de millones: en canciones que acompañaron rupturas, reconciliaciones, lágrimas, derrotas, borracheras, celebraciones. Su voz fue testigo de momentos que no se publican, de dolores que no se dicen en voz alta.

Pero el dolor más profundo no viene de la pérdida, sino de la revelación. La muerte ajena deja al descubierto cómo estamos viviendo la propia vida. Nos muestra cuántas veces elegimos el piloto automático, cuántas conversaciones importantes dejamos para después, cuántos afectos administramos con frialdad creyendo que habrá otra oportunidad.

La conciencia duele porque revela. Revela que vivimos distraídos, que estamos presentes en todo menos en nosotros mismos. Que trabajamos para un futuro que no sabemos si llegará y descuidamos el presente, que es lo único real. Revela que muchas veces no es la falta de tiempo lo que nos aleja de lo esencial, sino la falta de valentía para vivir con honestidad.

Por eso esta muerte no solo entristece, incomoda. Porque nos obliga a hacernos preguntas que solemos esquivar: ¿a quién estoy dejando para después?, ¿qué perdón sigo aplazando?, ¿qué vida estoy postergando mientras creo que “aún no es el momento”? ¿realmente vale la pena preocuparme y desgastarme tanto por lo que me está pasando, mientras la vida simplemente se me va?

La muerte de Yeison Jiménez no vino a romantizar el dolor ni a generar lástima colectiva. Vino a recordarnos algo incómodo: estar vivos no es respirar, es estar presentes. Y cada día que pasa sin conciencia no es tiempo ganado, es vida perdida.

Si mañana todo sigue igual, entonces no aprendimos nada. Y ese, quizá, sería el verdadero fracaso.

Ojo, mucho ojo cuando digamos: “hasta mañana”, “hablamos más tarde”, “te llamo después”, “nos vemos en un rato”, “cuando llegue te aviso”… porque recuerda que no sabemos si ese momento llegara.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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