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Viernes 16 de enero de 2026 - 01:00 AM

El golpe desigual de la inflación

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Bucaramanga suele aparecer bien en la foto. La tasa de desocupación en el área metropolitana es de 7,6 por ciento, mejor que la de varias ciudades principales del país. A eso se suma el reciente aumento del salario mínimo y del auxilio de transporte, que desde enero llevan el ingreso mensual a cerca de dos millones de pesos. En el papel, la ciudad debería estar respirando con alivio.

Pero esa es solo la primera parte de la historia. La segunda aparece al cruzar la cifra de empleo con la de informalidad. Cerca del 50 por ciento de la población ocupada trabaja sin contrato, sin salario mínimo y sin auxilio de transporte. Trabaja, sí. Dinamiza la economía, también. Pero vive del rebusque, del ingreso diario que no se negocia en una mesa de concertación sino en la calle. Y ese ingreso no sube cuando sube el salario mínimo, aunque sí paga cada aumento del costo de vida.

Es ahí donde la inflación hace su trabajo. Mientras el empleo formal recibe un ajuste que compensa, e incluso supera, el alza de precios gracias al decreto del Gobierno, el informal enfrenta el mismo mercado, transporte y arriendos, solo que más caros, sin ninguna protección. La diferencia es clara: uno tiene un ingreso que se actualiza por decreto y el otro no.

Durante los últimos dos años Bucaramanga ha sido una de las ciudades donde los precios crecen por encima del promedio nacional, 5,78 por ciento frente al 5,10 del país en el último corte. Eso significa que el golpe inflacionario aquí se siente con mayor intensidad. No es un impuesto regresivo en el sentido formal, pero se le parece: confisca el poder adquisitivo y lo hace con mayor fuerza sobre quienes menos tienen. Esta es la contradicción central de la ciudad, buenas cifras de empleo que esconden bolsillos que no llegan a fin de mes.

El vendedor ambulante es quien primero siente el golpe. Tiene su chiringuito en una esquina y sabe que no puede subir el precio de una empanada sin espantar al cliente que también anda justo. El que vende tintos mide cada cucharada de café porque el insumo sube, pero el precio no aguanta. La costurera, el estilista, el maestro de obra trabajan una hora más para cubrir lo que antes alcanzaba con menos.

La inflación no golpea a todos por igual. A quienes tienen contrato les permite al menos mantener su ingreso gracias a la actualización salarial, mientras castiga a quienes viven del día. Bucaramanga no necesita solo más empleo; necesita empleo formal. Mientras el rebusque siga siendo la mitad del mercado laboral, cada punto de inflación será un recordatorio de que la desigualdad también se mide en el precio del pan.

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