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Viernes 16 de enero de 2026 - 01:00 AM

El nuevo año en otro continente

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Recibir un nuevo año lejos de casa, en territorios de memoria histórica, convierte el calendario en una experiencia viva y estimulante. El cambio de fecha ha sido la oportunidad para habitar el tiempo con mayor conciencia, apertura y gratitud. Haber teniendo la experiencia de recorrer Francia y Roma, más que destinos turísticos, se manifiestan como escenarios dinámicos donde el pasado inspira al presente y lo enriquece. Allí, se celebra continuidad, aprendizaje y renovación. La historia acompaña, orienta y convoca, por eso estos viajes nos amplía la mirada como una vivencia positiva que fortalece la cultura, identidad y pertenencia.

En Francia, la historia convive con la modernidad sin fricciones. La elegancia de sus ciudades es pedagógica. Los espacios públicos están diseñados para el encuentro, la contemplación y el aprendizaje con plazas que invitan a quedarse, monumentos que no se miran a distancia, sino que se viven. Música, celebraciones, rituales laicos y expresiones espirituales confluyen de manera natural. Recibir allí el Año Nuevo es comprender que el tiempo no se consume, se honra. El arte deja de ser solemne y distante para volverse cercano, humano; el turismo, en ese contexto, actúa como un puente que conecta pasado y presente con sentido.

Italia, y especialmente Roma y Ciudad del Vaticano, proponen una experiencia aún más profunda desde la fe y la espiritualidad. En una ciudad donde coexisten el Imperio Romano, Renacimiento y el corazón del catolicismo, el viajero entiende que la fe también es patrimonio cultural. Las basílicas, plazas y celebraciones religiosas no están aisladas de la vida cotidiana la atraviesan. Allí no se observa pasivamente; se reflexiona, agradece, recoge uno mismo y se proyecta hacia el futuro con una noción ampliada de trascendencia.

Lo más revelador de estas experiencias es la forma natural y coherente en que cultura y turismo se integran. No existe la lógica de la prisa ni del consumo superficial; cada espacio ofrece contexto, relatos y herramientas que facilitan una comprensión profunda del lugar y de su significado. El visitante es invitado a aprender, a reflexionar y a vincularse emocionalmente con el entorno. El turismo se concibe como una experiencia formativa y transformadora. Desde allí, haciendo estos recorridos placenteros surge una pregunta necesaria ¿cómo adaptar estos principios a nuestra tierra santandereana, rica en historia, fe, naturaleza y memoria colectiva?

Santander no necesita copiar modelos, sino comprender lecciones. Resignificar parques, iglesias, centros históricos y caminos ancestrales; integrar música, gastronomía, relatos locales y rituales propios; planificar el turismo como experiencia cultural y emocional. El viaje a Francia y Roma en esencia es una lección donde el cambio de año como experiencia deja ideas, despierta conciencia y proyecta futuro. Porque cuando el tiempo se vive con sentido, el regreso trae solo recuerdos vivos y la convicción de que también aquí es posible construir experiencias memorables y transformadoras.

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