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Sábado 17 de enero de 2026 - 01:00 AM

La gran Beatriz

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El fallecimiento de Beatriz González no es un cierre: es mudanza. Pasa del tiempo biográfico a la memoria permanente, ese territorio al que solo acceden quienes hicieron algo verdaderamente necesario. Beatriz entra ahí sin trámite alguno y, al hacerlo, debe también regresar para siempre a Bucaramanga, su ciudad, como una presencia que no se discute ni se gasta. Desde ahora, su nombre y su obra deberían habitar cualquier idea de arte que tengamos los santandereanos, incluso las más modestas o desentendidas.

De niño oía hablar de los González Aranda como se menciona una estirpe notable. Jorge, el abogado destacado; Lucila, la erudita y mecenas del arte, Beatriz, traída a las charlas con una mezcla de orgullo y misterio. Años después me encontré de frente con su obra y entendí que ella sí había alcanzado algo distinto. No la celebridad pasajera, sino eso que Pablo Maurette define con precisión en El contrabando ejemplar (su más reciente novela, Premio Herralde de Novela 2025), cuando dice que no quería ser famoso, sino alcanzar la Fama: “Los famosos van a la Isla de Caras. La Fama te lleva al Parnaso”. Beatriz llevaba décadas en el Parnaso del arte mundial, cuando murió el pasado 9 de enero.

Trazo una nueva veta de la vanguardia artística y fue cronista visual de un país que rara vez quiere verse sin maquillaje. Tomó imágenes de recortes de periódicos —material efímero, desechable— y las convirtió en arte persistente. Pintó la ramplona burguesía local con sus muebles ostentosos y su suficiencia moral, no solo para burlarse, sino para exhibir la infección: el poder cuando se vuelve cursi y ciego.

Pero su obra fue más allá del retrato social. En el Cementerio Central de Bogotá, con Auras anónimas, se ocupó del dolor que el país prefiere silenciar. Y refiriéndose a ese dolor no gritado dejó una frase que pesa como sentencia: “Colombia no ha llorado lo suficiente”. No era retórica artística; era diagnóstico ético. Sin duelo no hay comprensión, y sin comprensión no hay sanación posible.

Los santandereanos quisiéramos tenerla más presente en la ciudad: imágenes en plazas y edificios públicos, su nombre a alguna avenida o parque; su arte accesible a todos. Cuando las autoridades dicen promover el ornato y la cultura local, deben buscar que los íconos urbanos estén ligados a figuras prominentes que encarnen valores sociales. Muchos de los grandes museos del mundo tienen obra de Beatriz González en sus colecciones permanentes, y su nombre se celebra como una de las artistas latinoamericanas más destacadas del siglo XX. Beatriz González ya está en la memoria eterna. Ahora falta que su ciudad esté a la altura de esa permanencia.

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