¿Es la ciudad extraña a sus habitantes? ¿Es posible, entre todos, buscar una solución honrada a tanto problema que nos cogió ventaja? Lo correcto es seguir buscando en la calle la solución de los problemas, escuchando a la comunidad, a los líderes de las motos, a los taxistas, a los conductores de bus, al peatón, a la comunidad entera.
No es posible seguir aplicando Planes de Desarrollo desde los escritorios, planes elaborados por tecnócratas importados para decirnos cómo comportarnos y cómo hacer amable nuestro entorno, sin conocer realmente la ciudad: “queremos al menos que nos quede a los bumangueses la dignidad de buscar una solución honrada”.
No podemos seguir siendo extraños y lejanos a nuestra ciudad, en la que han empeorado los problemas en nuestras narices: su corrupción, su agresión, insolencia y arribismo social, su violencia, sus muertos, su desorden, su congestión, sus basuras, sus indigentes y su pobreza.
La ciudad carece de espacios para caminar, para los niños (solo los centros comerciales, dijo una señora), como los tienen muchas ciudades en el mundo, porque aquí escogimos la desquiciada aventura del cemento y del hierro, “arrasando sus arbustos”, espantando sus “picaflores y pericos y hasta el hacendoso carpintero”. Olvidados están los habitantes de esta ciudad perdida entre montañas y entre politiqueros saqueadores que hablan de Dios y de diezmos.
¿Dónde está la solución a sus problemas de movilidad y de seguridad? Todo se improvisa sacrificando sus recursos, sus espacios comunes e históricos, sin llegar a encontrar una solución seria y eficaz. ¿Otros dos años de patria boba? Por lo que se ve, todo sigue igual. Cuatro años perdidos porque Bucaramanga todo lo permite: malos alcaldes, malos concejales, politiqueros sin imaginación que vienen con sus empresas particulares a gozar de lo público para ascender. Pasan sin pena ni gloria, pero sus bolsillos se llenan para seguir sosteniendo vidas vacías. No podemos seguir creyendo que vivimos en un paraíso cuando por nuestras calles deambulan el hambre y las basuras.
No sigamos con el desdén contra el entorno, hagámoslo cordial (como lo fue en una época), recuperemos los jardines y parques, no sigamos huyendo hacia el sur abandonándola. Convoquemos a sus habitantes para ver si tienen algo que decir sobre la ciudad que soñó alguna vez ser “Entre montañas siempre libre”.
¿Podremos seguir confiando el destino de la ciudad a empresas politiqueras que nos han conducido hasta lo que ella es hoy? La ciudad no se pierde de golpe. Se pierde cuando sus habitantes dejan de reclamarla como propia. Bucaramanga, si aún quiere salvarse, tendrá que volver a escucharse a sí misma.










