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Sábado 24 de enero de 2026 - 01:00 AM

La cuarta economía sobre caminos de tercera

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Santander es una paradoja que ya raya en el absurdo. Mientras el departamento se consolida como la cuarta economía del país y figura con indicadores destacados en el Índice Departamental de Competitividad, en el componente de infraestructura vial ocupa vergonzosos lugares. Esto explica en buena medida el rezago, la frustración y la desigualdad territorial que viven, sobre todo, las provincias del sur del departamento.

El deterioro de las vías no es nuevo. Viene de décadas de abandono sistemático, promesas incumplidas y contratos mal ejecutados. Pero lo que hoy agrava la situación es que, en medio de ese rezago histórico, Santander recibió además un castigo político: su exclusión del último documento CONPES de infraestructura del Gobierno nacional. Una decisión difícil de explicar desde la lógica técnica y casi imposible de justificar desde la equidad territorial. No invertir donde ya hay atraso es condenar a ese territorio a permanecer en él.

Cansadas de la desidia, muchas comunidades tomaron una decisión extrema pero comprensible: levantaron las talanqueras de los peajes ¿La razón? Si durante años han pagado por transitar por vías en estado deplorable —trochas disfrazadas de carreteras nacionales, como la tristemente célebre 45A— y ahora se les anuncia que no habrá recursos ni mejoras, ¿por qué seguir pagando? No es rebeldía caprichosa, es hartazgo social.

Las consecuencias de esta precariedad vial van mucho más allá del malestar ciudadano. En el sur de Santander, varias provincias tienen hoy vínculos económicos, sociales y hasta políticos más fluidos con Tunja o Bogotá que con Bucaramanga, su propia capital departamental. Algo similar ocurre en García Rovira, que se conecta con mayor facilidad con Pamplona, en Norte de Santander, o con municipios de Boyacá. Cuando las vías no integran, desintegran. Cuando el Estado no conecta, el territorio se fragmenta.

Y por eso hay realidades que deberían avergonzarnos como sociedad. En algunos municipios pequeños, con acceso precario a la salud pública, las mujeres enfrentan el momento del parto entre dos opciones igualmente duras: acudir a una partera o arriesgarse a una travesía incierta por carreteras en mal estado para llegar a un hospital.

Hablar de convertir a Santander en el “corazón logístico de Colombia” —una aspiración legítima por su ubicación estratégica— resulta casi irónico si nuestras arterias siguen obstruidas. No por falta de potencial, sino por el colesterol crónico de la corrupción, la negligencia y la miopía política.

Las vías no son solo cemento y asfalto. Son oportunidades, acceso a derechos, integración territorial y dignidad. Mientras no entendamos eso, Santander seguirá siendo un departamento fuerte en cifras macroeconómicas, pero débil en la vida cotidiana de su gente. Y ningún territorio puede llamarse competitivo cuando a sus ciudadanos les cuesta más llegar al hospital, al mercado o a su propia capital que cruzar los límites del departamento.

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