Durante décadas el comportamiento electoral se ha caracterizado ya sea por el voto a conciencia, propio de quienes eligen por afinidad ideológica o identificación personal, o el voto útil, que introduce el cálculo estratégico para evitar un mal mayor. Ambas lógicas presuponen algo fundamental: que el sistema democrático está a salvo, que las reglas del juego no están en discusión y que, gane quien gane, las libertades básicas seguirán existiendo.
Las próximas elecciones presidenciales no se definirán por la lógica descrita, sino por una emoción mucho más primaria y poderosa: el miedo. Y no solo el miedo fabricado por campañas publicitarias y encuestas, sino el temor real a que se consolide un proyecto político abiertamente comunista que ya ha demostrado, en otros países y en distintas épocas, su incompatibilidad estructural con la democracia y con la libertad.
Cuando una parte significativa de la sociedad percibe que están en riesgo la separación de poderes, la libertad económica, la propiedad privada, la prensa independiente y la alternancia en el poder, el voto deja de ser una expresión de simpatía y se convierte en un acto de autopreservación. Ya no se vota por entusiasmo, sino para evitar un punto de no retorno.
En ese escenario, la polarización no es un accidente: es una consecuencia. La contienda tiende a ordenarse alrededor de dos polos claros, mientras las demás candidaturas van quedando dispersas. Y el elector que siente que lo esencial está en juego no dispersa su voto; lo concentra.
Pero aquí aparece un concepto que pasa desapercibido: el rechazo al comunismo, por sí solo, no garantiza una victoria electoral. Para ganar la presidencia no basta con encarnar la indignación de un sector ni con despertar fervores militantes. Eso construye una base sólida, pero también un techo. Y los techos, en política, se rompen ampliando, no endureciendo.
Por eso el verdadero desafío no es agitar más a los convencidos, sino conquistar el centro ideológico. A ese amplio grupo de ciudadanos que no se siente representado por los extremos, que desconfía de los mesianismos y que valora la estabilidad, las instituciones y las libertades concretas. Son ellos quienes, movidos más por el temor a perder lo que tienen que por la pasión por un líder, pueden inclinar la balanza.
Es precisamente por esto que ojalá, aun cuando el miedo nos tente a asegurar el voto con un candidato que represente un extremo, salgamos a votar masivamente por la Gran Consulta el 8 de marzo, para así materializar una candidatura de centro-derecha que tenga la capacidad de liderar o sumarse a la victoria contra el comunismo.
Capturar el centro no implica renunciar a las convicciones, sino entender que la defensa de la democracia exige mayorías, no trincheras.










