Es extraño. En diferentes sectores de la ciudad prevalece la penumbra en las noches. No es solo en lo que reconocemos como el ‘tercer carril’, en inmediaciones del viaducto García Cadena, que a pesar de los anuncios que van y vienen entre la Alcaldía de Bucaramanga, que reclama la entrega de una obra que, seguramente cuando eso suceda ya hará falta una nueva, y la Gobernación de Santander, que responde que ‘listo, de una’, lo cierto es que hasta ayer todo seguía igual. La sensación que se vive, cuando se transita por allí, es oscura.
Pero no es el único lugar. Atravesar por ciertas calles es intimidante en la medida en que las luminarias dañadas no se reemplazan de inmediato o su capacidad para alumbrar es muy limitada. A pesar de que las noticias sobre el cambio de las mismas han sido recurrentes en esta y anteriores administraciones, intentando paliar tal vez la lógica inquietud ciudadana por el desamparo que representa una calle sin luz, y teniendo en cuenta que mensualmente hay que cumplir con el pago del rubro correspondiente a alumbrado público que viene sumado al servicio de energía eléctrica, obras son amores y no buenas razones.
Caminar, correr, montar bicicleta o conducir moto cuando antes de la alborada la oscuridad impera puede representar el riesgo de sufrir así sea un leve incidente, ojalá sin consecuencias que lamentar, o el peligro de ser presa de la delincuencia a cualquier hora de la noche para un ciudadano desprevenido. Se ha señalado la culpa al robo indiscriminado de cable por sujetos que ofrecen el cobre, elemento conductor de energía, a negocios inescrupulosos que se esconden detrás de la fachada como ‘cacharrerías’.
Al parecer, vuelvo a las noticias, es la misma banda que ha dejado sin servicio a semáforos instalados en cruces críticos de la capital santandereana, violando el mobiliario urbano al cortar el cableado para sustraerlo de las acometidas en cajas o tableros eléctricos, a lo que hay que sumarle que, en medio de sus fechorías, se llevan hasta las tapas ubicadas en las aceras, agregando un peligro adicional para el transeúnte.
A esta historia que usted, paciente lector, me ha acompañado hasta este párrafo, le vendría bien un final en el que las autoridades, sin tanto chaleco con logos de cuanta entidad quiere aparecer en la ‘foto’, se esclarezca de una vez por todas cómo carajos nos asaltan, en nuestras propias narices, sin que nadie diga nada, y tengamos que repetir el mismo ciclo, sempiterno, cada que la ciudad cambia de administración. Recuerdo aún las palabras de uno de estos mandatarios de camisa ‘institucional’, en su posesión, prometiendo ¡por fin! la solución: un alumbrado inteligente… sí, como ‘ño moñito’.












