Un hincha del Atlético Bucaramanga fue asesinado en el partido contra el Cúcuta. Un muerto más. Un nombre más que se suma a una lista que parece no importarle a nadie.
Y entonces uno se pregunta, con rabia, frustración, impotencia y con tristeza: ¿en qué momento lo que llamamos “diversión” terminó convertido en tragedia?
El fútbol nació como juego. Como un encuentro donde la emoción se gritaba, se sudaba y se celebraba. Pero algo se torció. En algún punto dejamos de ir al estadio a ver un partido y empezamos a ir a descargar frustraciones, odios viejos, violencias heredadas, resentimientos. Ya no es fútbol: es excusa.
Nos dijeron que era una “pasión, una fiesta, un espectáculo” que “así es el ambiente”.
Pero pura mierda. La pasión no mata. La fiesta no apuñala. El problema no es amar un escudo; el problema es usar ese escudo para justificar lo que no hemos podido resolver por dentro.
Hay hombres que solo se sienten vivos cuando están dispuestos a destruir algo. Y el estadio se volvió el escenario perfecto: ruido, alcohol, drogas, anonimato. Ahí la responsabilidad se diluye y la violencia se normaliza. Ahí el golpe, el manazo, el cuchillo o el disparo parecen parte del “espectáculo”.
Pero lo más doloroso no es solo la muerte. Es la costumbre. Es que al otro día el partido sigue, el torneo sigue, la ciudad sigue, y el muerto queda reducido a una noticia breve, a un “qué pesar”, a un minuto de silencio que no transforma nada. Como si la vida valiera menos que el marcador.
Yo me pregunto: ¿Dios mío qué es lo que estamos formando?
Estamos criando generaciones que confunden fuerza con violencia, identidad con agresión, pertenencia con exterminio del otro. Y mientras no revisemos eso, ningún estadio será seguro.
Hoy no murió solo un hincha. Murió una familia. Murió la ilusión de volver a casa después de un partido. Murió la idea de que esto era solo un juego.
Hoy, como padre, me hago una pregunta que duele: ¿con qué ganas, con qué tranquilidad, con qué seguridad llevo a mis hijos a ver un partido? ¿En qué momento ir al estadio dejó de ser un plan familiar para convertirse en un riesgo calculado? Uno debería preocuparse por conseguir las boletas, por el tráfico, por la lluvia, por si el equipo gana o pierde. No por si va a volver vivo a casa.
El fútbol no necesita más muertos. La ciudad no necesita más sangre. Y nosotros no necesitamos más excusas. Necesitamos hacernos cargo de lo que llevamos por dentro.
Pero de verdad. Nosotros necesitamos Paz.
Bienvenidos a la clínica del alma.










