Con base en los discursos de campaña, la percepción es que Santander es un departamento que camina en dos direcciones. Por un lado, tenemos a nuestros empresarios, académicos y trabajadores que, con pulso y cerebro, nos tienen en el segundo puesto nacional en patentes. Después de Bogotá, nadie inventa más que el santandereano. Tenemos la capacidad para ser el “Silicon Valley” de Colombia, exportando servicios de salud de clase mundial y tecnología que ya conquista el mundo. Eso es lo positivo: un sector privado que no espera milagros, sino que los construye.
Somos una potencia en salud. Pacientes de todo el continente vienen a Bucaramanga buscando corazones nuevos y tecnología médica que es orgullo nacional. En el campo, nuestra agroindustria es envidia del país: somos el primer productor de cacao y exportamos café, carne y limones con un crecimiento que ya supera ampliamente las exportaciones no mineras. Incluso el turismo ha florecido: desde Barichara hacia el Cañón del Chicamocha, el mundo nos mira como el destino de aventura y el bienestar. Todo esto lo hemos logrado a pesar de los obstáculos, no a la ayuda del Congreso.
Pero luego, aterrizamos en la realidad de nuestras carreteras y la cara se nos cae de la vergüenza. Es una ironía que mientras los médicos salvan vidas y los campesinos producen el mejor chocolate del mundo, nuestras vías nacionales ocupan el puesto 29 de 33 en el país. Es decir, somos genios encerrados en una habitación sin puertas.
Aquí es donde la “acción” de nuestros políticos brilla por su ausencia. Mientras entidades como ProSantander, la Cámara de Comercio, La Comisión Regional de Competitividad e Innovación, con apoyo de Fedesarrollo se trasnochan diseñando la Visión Santander 2050 para que nuestros nietos tengan futuro, parece que nuestros parlamentarios y algunos candidatos (petristas) que participaron del actual gobierno estuvieran viviendo en otro país. Cuando hubo el reparto de los recursos, Santander parece invisible en el mapa. Y a pesar del apoyo dado al gobierno, este ignoró su existencia, pues no dio ni un metro de pavimento nuevo para sacar los productos del barro o permitir que el turista llegue sin jugarse la vida.
Por eso, cuando le entreguen el tarjetón, no vote por colores ni por los apellidos de siempre. Vote por quien entienda que Santander es una potencia intelectual y productiva que solo necesita que no obstruyan su desarrollo. Exíjale a los candidatos que hablen de multimodalismo, de hidrovías, de vías pavimentadas y de cómo conectar el campo con la tecnología, no de promesas banales que nunca cumplen. Pero, sobre todo, que rindan cuentas en dónde invirtieron los “auxilios parlamentarios” o “cupos indicativos”, para justificar su reelección. Exija transparencia. Su voto reflexivo importa a Santander.












