El 27 de enero de este año me encontré con el viejo querido Reynaldo D’Silva por los pasillos que unen a la primera con la segunda etapa del Centro Comercial Cabecera caminando a paso lento con su bastón empuñado en la mano derecha y sonriente como siempre, me saludó con un tierno beso en la mejilla. Empezamos a hablar de fútbol y de repente se acordó de una ocasión en la que llegué a su negocio ubicado en El Rodadero hace más de cuatro décadas. En medio de carcajadas, narró cómo me salvó de una tanda por parte de mi mamá debido a que nos volamos con algunos compañeros del colegio hacia Santa Marta para ver un partido entre el Unión Magdalena y el Atlético Bucaramanga en mayo de 1982. La historia viene a continuación:
El lunes 24 del año en mención, Luis Fernando Ducón Araque, más conocido como ‘el mijo’ Ducón, llegó a la clase matinal de Educación Física dirigida por el profesor Atahualpa Ibarra Madrid y nos dijo: “bueno pelaos, el Atlético juega pasado mañana en Santa Marta, vámonos en el Thermo King de mi tío Gonzalo, alisten el chingue que yo gasto”. Al capitán del equipo de fútbol del salón no le costó trabajo convencer al grupo, mucho menos a Jorge ‘Plinio’ Arias, quien fue el primero en apuntarse en esa improvisada excursión; su hermano Juan Pablo ‘Bombi’ Arias jugaba en el equipo de reservas del onceno bumangués. La voz corrió por los integrantes de sexto bachillerato y uno a uno le dijimos que sí al ‘mojicón’ Ducón; de repente su mancorna, Óscar ‘Masato’ Estupiñán, también se subió al bus de Copetran que nos llevaría a una aventura más de nuestras vidas. La lista completa de viajeros fue la siguiente: Miguel Alberto Ocampo Aponte, a quien todos le decimos ‘Mincho’; José Domingo ‘Cheché’ Hernández, César ‘el Rolo’ Navarro, César Orlando ‘el Abuelo’ Julio, Carlos ‘Quesquecé’ Freire; sin que la memoria me traicione, creo que convencimos a Óscar Antonio Uribe, el hijo de Eleazar, quien era el revisor fiscal del Atlético por aquellos años. De paso, yo fui el genio del escape para la bahía más linda de América.
La planeación corrió por mi cuenta; debíamos decirles a nuestros padres que nos íbamos a estudiar y a dormir en casa de otro compañero. Yo no tenía problemas porque de lunes a jueves vivía en casa de Lázaro Soto y de la bellísima Nini Johana con quienes me crié como si fuéramos hermanos. Mi papá y mucho menos mi mamá, me echaría de menos. Se acercaban los exámenes de mitad de año y el del ICFES, pero consideramos que era más importante acompañar al onceno dirigido por Ediberto Righi que tenía a dos goleadores comandando el ataque: Miguel Oswaldo González y Carlos ‘el Cañón’ Landaburo. Llegamos al Rodadero el miércoles en la madrugada y de una nos metimos al mar. Las boletas para el encuentro en el Eduardo Santos nos las entregó en el bus don Miguel Suárez, directivo del equipo y socio de Copetran. El almuerzo corrió por cuenta de nuestro padre adoptivo Reynaldo Da Silva en la Churrasquería Da Silva de la calle sexta 4-89 del Rodadero y de ahí para el estadio. El partido fue a la tres de la tarde porque el escenario no tenía sus torres de iluminación funcionando y con todo el calor reinante aquel miércoles 26 de mayo, el Atlético le empacó cuatro al Unión, con una anotación del ‘Piripi’ Osma; Landaburo hizo dos y el otro fue un autogol de Julián González. Los goles del descuento de los dirigidos por Perfecto Rodríguez, fueron obra de Miguel González y de Tovar. Tan pronto Hugo Ardila finalizó el juego, nos montamos en el Thermo King de don Gonzalo y llegamos a Bucaramanga en la madrugada del jueves a estudiar, como era nuestro deber. Si no es porque Reynaldo les avisa a mis padres que yo estaba por allá, ellos no se hubieran enterado. ¡Estuve al borde de un castigo severo! Pero la escapada valió la pena, como todo lo del Atlético Bucaramanga.












