A escasos ocho días de las elecciones, Santander se enfrenta a una decisión trascendental: elegir a siete representantes a la Cámara y votar por candidatos santandereanos al Senado. En medio de una polarización severa y un Gobierno Nacional que nos desestima, no podemos darnos el lujo de elegir mal. Es imperativo votar por líderes con capacidad de gestión auténtica, que respondan al clamor ciudadano y que no actúen impulsados por el odio, la mermelada o la sumisión notarial al Ejecutivo, tal como sucedió en este cuatrienio.
Salvo contadas excepciones, la gestión de los representantes y senadores que obtuvieron votos en el departamento fue nefasta. El resultado está a la vista: el presupuesto no llegó, pocas leyes promovidas, un control político inexistente, un vergonzoso atraso vial y la no inclusión del departamento en las altas inversiones. No podemos seguir siendo indiferentes ante tan mala gestión. A quienes fallaron se les debe castigar negándoles el voto.
La tarea no es sencilla, más si hay que escoger entre 81 aspirantes en 13 listas a la Cámara, conformadas ellas por los clanes regionales que ubican “fichas” estratégicas, salvo algunos, encabezando la lista para asegurar el cupo, usando al resto como simples recolectores de votos para alcanzar el umbral. Sin embargo, hay esperanza. En esas mismas listas existen personas preparadas, con trayectoria limpia y méritos de sobra, a quienes hay que apoyar. Como también aspirantes cuestionados y algunos que con descaro quieren repetir pese a los resultados negativos cuando fueron elegidos, a ellos hay que negarles el voto, porque seguirán siendo cómplices del padrino y no leales a los santandereanos. El voto de opinión debe prevalecer por encima del de las maquinarias.
Santander ha perdido peso en las decisiones nacionales por la falta de pujanza de sus congresistas. Cómo se añora la época de líderes como Horacio Serpa, Alfonso Gómez, Hugo Serrano, Ciro López, Jorge Sedano, Feisal Mustafá o Rodolfo García, quienes, más allá de sus orillas, hacían sentir el peso del voto santandereano en la capital. Sus sucesores, en cambio, han sido una decepción y sin prestigio quieren gobernar en cuerpo ajeno para seguir succionando el erario. El ejemplo más doloroso es el secuestro del conservatismo regional por una figura cuestionada y con descarado nepotismo (hermano). Esto tiene que cambiar y ahora.
Hay tanta desfachatez e insolencia con el elector que ya no importa estar cuestionado judicial o administrativamente para aspirar al Congreso, lo que interesa es el poder y llegar a él como dé lugar. Situación que hace recordar la máxima atribuida a Sócrates: “Existe algo mucho peor que un político corrupto, y es el ciudadano que ingenuamente lo defiende”. Es hora de romper las hegemonías y devolverle a Santander su dignidad política.












