La narrativa política, amplificada por redes sociales y la desinformación, muchas veces termina sintiéndose más real que la realidad misma. Convivimos con percepciones que se repiten tantas veces que terminan imponiéndose sobre los hechos.
Vale la pena hacer un ejercicio sencillo: mirar los datos de lo ocurrido en Colombia entre el año 2000 y 2025.
En lo económico, el país prácticamente multiplicó su tamaño por 2,38 veces, creciendo por encima del promedio de América Latina, que se expandió cerca de 1,9 veces en el mismo periodo. No fue un milagro asiático, China, India o Vietnam crecieron más de cuatro veces, pero dentro de nuestra región fue un desempeño sólido.
En materia social, los avances también fueron significativos. La pobreza extrema pasó de cerca del 43% a alrededor del 14%. Al mismo tiempo, la clase media se expandió de aproximadamente 15% a cerca del 40% de la población, especialmente en ciudades como Bogotá, Medellín y Bucaramanga.
En seguridad, los cambios fueron igualmente notorios. La tasa de homicidios cayó de cerca de 70 a alrededor de 25 por cada 100 mil habitantes, con una reducción particularmente fuerte entre 2000 y 2010. Los secuestros, que superaban los 3.000 casos anuales a comienzos del siglo, hoy se cuentan en algunos cientos.
Nada de esto significa que el país haya resuelto todos sus problemas. La desigualdad sigue siendo una deuda pendiente. Aunque la pobreza disminuyó, la desigualdad apenas mejoró y en los últimos años incluso ha retrocedido.
Parte de esa paradoja puede explicarse por una combinación de factores: una desocupación cercana al 10%, pero con una informalidad persistente cercana al 60%, junto con normas tributarias y de subsidios que desincentivan la formalización productiva.
A esto se suma una desigualdad territorial persistente. Bogotá concentraba cerca del 25% del PIB en el año 2000 y hoy supera el 27%, reflejando una centralización económica que ha limitado el desarrollo equilibrado de las regiones.
Es decir, el país tenía, y tiene, retos estructurales importantes. Pero, al mismo tiempo, muchos indicadores mostraban una tendencia clara de mejoría.
Y, sin embargo, el sentimiento colectivo, impulsado por narrativas con fines políticos, parecía decir lo contrario.
Tal vez esa sea una de las paradojas más interesantes de nuestra historia reciente: mientras los indicadores mejoraban, la narrativa de fracaso se expandía.
Vale la pena recomendar, especialmente a los jóvenes menores de 30 años, la lectura del libro “Contra el fanatismo”, de Alejandro Gaviria, para entender algo fundamental: las sociedades toman malas decisiones cuando dejan que las emociones reemplacen a los hechos.
El problema es que muchos creyeron que todo estaba mal y que se requería un “cambio”, cuando realmente requería era seguir mejorando. Votar desde el fanatismo rara vez conduce a buenos destinos.












