Uno camina por cualquier ciudad y la sensación es clara: restaurantes llenos, centros comerciales activos y supermercados movidos. Entonces surge la pregunta: si “la economía está mal”, ¿por qué la calle tan viva?
La respuesta no está en una sola cifra. Está en qué parte de la economía está empujando… y cuál está frenando.
Colombia cerró 2025 con un crecimiento cercano al 2,6%. No hubo recesión ni estancamiento, hubo un crecimiento moderado.
El Indicador de Seguimiento a la Economía (ISE) funciona como termómetro mensual de la actividad. Según éste, el 2025 cerró positivo; en diciembre, el crecimiento fue cercano al 1,7% anual. La sensación de movimiento en la calle no es imaginaria: los datos la respaldan.
Pero el punto relevante es cómo se compone el crecimiento.
El consumo de los hogares fue el motor de 2025. El gasto privado creció por encima del promedio del PIB y sostuvo el comercio y los servicios. Esa es la razón por la cual el país se siente activo. El consumo mantiene viva la economía del presente.
La inversión, en cambio, sigue lejos de niveles que permitan hablar de un ciclo expansivo sólido. Y el sector construcción formal continúa rezagado, especialmente en edificaciones, reflejando menor ejecución e inicio de nuevos proyectos.
Ese desacople es estructuralmente importante: consumo sostiene el presente; inversión construye el futuro.
El mercado laboral también explica parte de la percepción de dinamismo. El desempleo cerró 2025 alrededor del 8,9%, uno de los registros más bajos en décadas. Pero la ocupación no siempre significa productividad creciente.
En Colombia, más del 55 % del empleo es informal. Es decir, buena parte de ese dinamismo que vemos en la calle ocurre por fuera de la economía formal.
El sistema financiero tampoco muestra señales de crisis. Sin embargo, el comportamiento por modalidad confirma el mismo desacople: el crédito de consumo se mantiene activo, mientras el crédito comercial y el hipotecario siguen más cautelosos.
El sistema financiero no está impulsando el futuro; está financiando el presente. No por falta de liquidez, sino porque la inversión necesita algo más que tasas bajas: necesita confianza, reglas claras, estabilidad jurídica y expectativas favorables de largo plazo.
Estamos bien en la calle, pero con freno en las oficinas.
Y ese es el riesgo silencioso: una economía puede apoyarse temporalmente en consumo y empleo. Pero si la inversión no acelera, la productividad no crece. Y sin productividad, el crecimiento termina perdiendo fuerza.
2026 abre nuevos interrogantes: el incremento del salario mínimo, la evolución de la inflación, las decisiones del Banco de la República y el clima político preelectoral pueden incidir directamente en las decisiones empresariales.
La pregunta no es si la economía camina. La pregunta es si estamos construyendo capacidad para nuestro futuro.












