La nueva película de Disney y Pixar “Operación Castor” combina la magia del cine animado con un mensaje profundo que llama a la reflexión y potencia sentimientos positivos en niños y adultos. Este tipo de mensajes se ha mantenido en varias producciones recientes, y quizás somos los adultos quienes más podríamos aprender de estas historias.
La divertida producción con alto contenido de respeto ambiental, valentía, entereza y compromiso no es un cuento de hadas, es una problemática real que enfrenta a una obra de infraestructura con la preservación de un ecosistema, donde el alcalde utiliza estrategias indebidas para obtener los permisos, exponiendo una aparente inocuidad del proyecto, pero se descubre la realidad del impacto gracias a la lucha de una niña rebelde y su insistencia por preservar los valores que compartía con su abuela y le permitían sentir que ella era parte de la naturaleza.
También exalta el rol de la ciencia, al lograr lo hoy imposible. El cerebro humano transferido a un robot animal que puede interpretar el lenguaje y asumir la vivencia de todas las especies. La unión de los implicados, las disputas internas, el ego del gobernante, la lucha con propósito y, finalmente, la generosidad en su mejor expresión despliega el trabajo en equipo para evitar una tragedia. Final feliz, reubicación del trazado vial, conversación entre diferentes y acuerdos fundamentales.
¿Así, o más parecido a la realidad? Muchas veces los efectos positivos de un proyecto pueden derrumbarse por valoraciones incorrectas de su impacto social y ambiental, y peor aún, por falta de transparencia en la información. Por eso, la licencia social debe pasar de ser una obligación regulatoria para convertirse en un activo estratégico medible y rentable que proteja la inversión y la continuidad del proyecto. En el caso de Hoppers ya solo faltaba el último tramo, pero nunca se pudo completar. Todo ese desastre podría haberse evitado valorando adecuadamente las tensiones sociales antes de que escalen a crisis operativas, bloqueos o destrucción.
La solución implica asumir que no son necesarias niñas rebeldes, ni robots animales para encontrar la forma de comunicarnos y superar las diferencias. La licencia social exige un diálogo permanente y un sistema que permita mantener información disponible para los ciudadanos en tiempo real, recuperando la confianza perdida en el manejo de la inversión pública y las buenas intenciones de la iniciativa privada.
Muchos proyectos la necesitan: el peaje de la Mesa de Los Santos sería un gran ejemplo para aplicar. Las obras previstas con el empréstito municipal, para ganar confianza. La PTAR del río de oro, como ejemplo nacional. Ojalá en todos ellos encontremos los castores y un modelo de licencia social que haga viable ejecutarlas con transparencia.












