En Colombia hablamos de la informalidad como si fuera el problema central de nuestra sociedad. Se repite en discursos oficiales, estudios académicos y debates públicos: demasiados trabajadores informales, demasiadas empresas informales, demasiados negocios por fuera del sistema. La conclusión suele ser la misma: hay que combatir la informalidad.
¿Y si la informalidad no fuera el problema, sino el síntoma?
En Colombia la informalidad laboral supera el 55 %. En muchas ciudades, más de la mitad de quienes trabajan lo hacen por fuera de la economía formal.
En muchos casos, las personas y pequeños empresarios no permanecen allí por rebeldía, falta de educación o ausencia de cultura ciudadana. Lo hacen porque entrar al sistema formal implica enfrentar trámites, costos y obligaciones que muchas veces superan su capacidad económica o administrativa.
Cuando formalizarse es complejo, costoso o lento, la informalidad deja de ser una desviación moral y se convierte en una decisión pragmática y competitiva.
La economía institucional lleva décadas interpretando este fenómeno. Cuando las reglas son demasiado rígidas o costosas de cumplir, la sociedad desarrolla mecanismos paralelos para seguir funcionando. No es necesariamente un rechazo al Estado, sino una adaptación a instituciones que no logran responder a la realidad económica.
Algo similar ocurre con otros sistemas. El arbitraje, por ejemplo, surgió como respuesta a la lentitud de la justicia ordinaria. No fue creado porque los ciudadanos quisieran escapar de los jueces, sino porque necesitaban resolver conflictos de manera oportuna y asertiva.
La informalidad cumple un papel parecido. Es la forma en que millones de personas siguen trabajando, produciendo y comerciando a pesar de las barreras del sistema formal.
Por supuesto, esto tiene costos para el Estado y la sociedad: menor recaudo tributario, menor protección laboral y menor acceso a financiamiento. Pero enfocarse únicamente en combatir la informalidad es tratar el síntoma sin gestionar la enfermedad.
Quizás el verdadero desafío sea preguntarnos por qué tantas personas prefieren permanecer por fuera del sistema. ¿Son demasiado complejas nuestras regulaciones? ¿Excesivos los trámites? ¿Demasiado altos los costos de cumplir la norma?
Algunos países han entendido algo fundamental: la formalidad no se impone, se vuelve atractiva. Simplifican registros empresariales, reducen barreras regulatorias y diseñan sistemas tributarios que facilitan la entrada al mundo formal.
Cuando las instituciones funcionan bien, la formalidad deja de ser una obligación y se convierte en competitividad.
Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos cómo reducir la informalidad, deberíamos preguntarnos qué agilidad, beneficio y retorno ofrece realmente la formalidad.
Porque cuando demasiadas personas se quedan por fuera del sistema, lo más probable es que el problema no esté en la sociedad, sino en el sistema mismo.
Dios perdona, el hombre a veces, el mercado nunca.












