Hay historias familiares que no comienzan en la memoria, sino en la fe. La de Roberto Zarruk, mi padre, es una de esas. Todo empezó en San Salvador, cuando siendo apenas un niño estuvo al borde de la muerte por una difteria traicionera. La enfermedad avanzaba sin freno y los médicos no encontraban explicación hasta que, casi a destiempo, la verdad salió a flote: la nodriza que lo alimentaba se había contagiado. El mal ya estaba sembrado en su cuerpo y el tiempo jugaba en contra.
Cuentan las tías que mi abuela Juanita, deshecha en llanto sobre el pecho de mi abuelo Felipe, hizo entonces lo único que le quedaba: ¡encomendarse! Le prometió a San Antonio de Padua que si salvaba a su hijo, lo vestiría durante un año completo como el santo portugués. Y así fue. Contra todo pronóstico, mi padre sobrevivió. Y como en las familias árabes la palabra se honra, mi papá fue al colegio vestido como San Antonio durante diez meses. Pero las promesas no terminan cuando se cumplen; a veces apenas comienzan. Décadas después, ya en Bucaramanga, esa fe se convirtió en un ritual cotidiano que marcó nuestra infancia. Todos los martes, sin falta, mi padre nos recogía del colegio a las cuatro de la tarde. No había excusa válida. Subíamos al carro con esa mezcla de alegría y complicidad que solo tienen los planes repetidos que se vuelven sagrados.
La primera parada era siempre la misma: la Panadería El Maná, en pleno centro, carrera 16 con 37, para más señas. Allí el olor a pan recién salido del horno nos envolvía antes de siquiera cruzar la puerta. Elegíamos con calma —como si el tiempo no existiera— mientras papá pagaba en silencio, con esa serenidad de quien sabe que está cumpliendo algo más grande que una simple compra. Mi tía Juanita hacía cola desde muy temprano, porque la fila era tan larga como para entrar a fútbol. A veces llevábamos a la Sitti, que significa abuela en árabe.
Luego venía lo verdaderamente importante: el camino hacia el Asilo San Antonio. El ritual era completo. Primero, depositábamos el pan en unos canastos que estaban en la puerta del lugar, ubicado en la calle 45 entre carreras 16 y 17. Ese pan no era para nosotros, aunque siempre terminábamos probando algo. Era para las abuelitas, para compartir, para agradecer. Para cerrar un círculo invisible que había empezado muchos años atrás, cuando la vida de mi padre pendía de un hilo. Luego de entregar el pan, entrábamos a misa y después nos íbamos a casa. Nos gustaba todo de ese ritual: salir antes de clases aburridas, comer pan del Maná y, sin entenderlo del todo en ese momento, participar en un acto de gratitud profunda. Hoy lo veo claro: no era solo una costumbre, era una lección.
Hace años llegó a vivir al conjunto en donde resido, Gina Paola Ruiz, la hija menor del hogar conformado por Luis Enrique Ruíz García y María Eugenia Alfonzo, los fundadores y dueños de El Maná desde hace 60 años. Cuando publiqué mi libro Rumbo al Puerto de La Libertad, ahí estaba la historia que estoy contando, pero con más mestizas y más mojicones. Se puso a llorar y le regaló el libro a sus queridos padres. Mi hermano y yo fuimos privilegiados. Tuvimos un padre que convirtió una promesa en una forma de vivir. Un hombre que entendió que los milagros, cuando llegan, no se olvidan: se honran. Y así, entre panes, calles del centro y silencios llenos de sentido, aprendimos que la fe también se puede heredar.
Javier Enrique, Nhora Patricia y Gina Paola heredaron de sus padres la bondad, el gusto por el trabajo y la empatía para atender al público. Sobrevivieron a la pandemia, sin quejarse y sacaron su empresa adelante. Amasaron diariamente, hornearon para compartir el pan con miles que no podían comprarlo. Siempre que estoy caminando por Cabecera, el olor me obliga a comprar pan, porque me recuerda a los martes de San Antonio con papá. Mi amado padre fue un milagro del santo portugués. El Maná, ¡nos cayó del cielo!












