Es domingo, son las once de la mañana, una buena hora para hacer un par de diligencias domésticas, de aquellas que el agite de la semana laboral no dan tiempo, entonces nos lanzamos a la calle a aprovechar que la congestión vendrá al otro día. Nos equivocamos. El conductor de una enorme camioneta, tan grande como su ego, decide detenerse en un pare y, sin más, obstaculiza el paso. Así, de la nada, a pesar de los pitos de los vehículos que quedamos atrapados en el atasco de feriado. Pensamos por un momento que tenía que haber pasado algo súbito en la cabina de la 4x4, sin embargo, al cabo de un minuto la reacción de la persona que iba al volante, suponemos, fue encender las luces estacionarias. Que nada nos turbe, asumimos no dejar que se nos arruinara el día por un episodio, digamos, casual.
Pero Jesús cayó por segunda vez. Al salir de una de estas tiendas de descuento ‘duro’, en donde los espacios de parqueo son contados, nos llevamos la sorpresa de que habíamos sido bloqueados por un desacomedido que, al no encontrar lugar, decidió dejarnos sin maniobra hasta tanto no hiciera sus compras. A pesar de hacer un amable llamado su ‘vuelta’ era, seguramente, más importante que las de las demás personas quienes, por aquellas cosas del azar, coincidimos con el ciudadano ‘ejemplar’. Sin un asomo de afán, y mucho menos de vergüenza, salió tan tranquilo como entró. Que nada nos espante.
Escenas como estas son cotidianas y llegamos a ello porque, simplemente, dejamos que se normalizaran. El o la que ose hacer un reclamo, se expone a terminar, por lo menos, con un insulto en su contra cuando no en una eventual riña callejera que puede acabar ‘literal’, como dicen los jóvenes, en ‘la mala’. El miedo se convirtió en ese elemento disuasivo que nos contiene a la hora de reclamar, de buena manera, el respeto al disfrute de nuestros derechos como miembros de una comunidad, con pleno sentido de la convivencia entre iguales.
Acatar la norma suele ser la excepción, no la regla, a tal punto que la autoridad se ve incluso sometida a la hora de aplicar que se cumplan los patrones de conducta cuando la autorregulación pasa a un segundo plano. Una actividad como asistir a un cine a ver una buena película, por ejemplo, puede resultar una experiencia verdaderamente frustrante: el síndrome de la segunda pantalla se impone hasta en esos espacios, que tienen unos códigos implícitos que se acercan a la categoría de ritual, los cuales son vulnerados por esa aberrante forma de imponer a como dé lugar su voluntad. La paciencia, en estos casos, no todo lo alcanza.












